La historia de Nicaragua ha sido una secuencia de negociaciones, arreglos y pactos, que siempre dejaron por fuera el interés nacional en favor de acuerdos que beneficiaron a las élites del momento.

Desde los 5 años hasta mi postgrado fui formado por los jesuitas. Ellos inculcaron en mi generación y en muchas otras antes y después de la mía, el sentido de servir y el compromiso con las causas sociales. Especialmente la solidaridad con los pobres.

Quienes fuimos educados por los jesuitas, crecimos teniendo como guía el ejemplo de San Ignacio de Loyola. El caballero de armas que conoció a Jesús mientras se recuperaba de una herida que le propinaron en una guerra olvidada librada entre dos reinos que ya no existen. Ignacio abandonó sus riquezas para convertirse. Formó un ejército al servicio de la fe, cuyas enseñanzas aún perduran después de cinco siglos. Y diseñó los ejercicios espirituales, cuya práctica ayuda a despegarse de egoísmos y ambiciones a favor de un bien mayor.

Por más de 500 años la Compañía de Jesús ha formado a millones de personas en todo el mundo. Donde sea que nos encontremos con un estudiante de escuela jesuita, generalmente es fácil identificarlo. En la mayoría de los casos, una de sus principales preocupaciones es ayudar a construir un mundo mejor, sin pobreza ni desigualdades.

Al elegir profesión terminé convencido que para entender cómo se pueden cambiar las cosas, debía estudiar ciencias sociales. Me especialicé en algo tan aburrido como las estadísticas porque quería aprender a medir la pobreza y no tener que escuchar cuentos ni teorías fabulosas, sino evidencia real y concisa. También quise conocer qué han hecho los países que ahora son ricos para alcanzar el progreso. Y qué hacen otros como Nicaragua, para seguir siendo pobres. Me siento muy afortunado y satisfecho de haber tomado esa decisión porque he aprendido cosas que pueden ayudar a la sociedad.

Para los economistas es natural hablar de cifras macro económicas, de inflación y déficits. Pero nos cuesta mucho conectar esos datos con la gente que está detrás de esos números, y que en su gran mayoría la pasan muy mal. Personas desempleadas, que no tienen muchas opciones para sobrevivir. Que buscan comida entre la basura, niños desnutridos y hogares destruidos por la pobreza y el abandono. Por eso dediqué casi toda mi vida profesional a estudiar políticas y acciones que en otros países han sido eficaces para erradicar la pobreza, no desde una perspectiva de números macros, sino una basada en las personas, en su situación particular.

Recientemente conversaba con un importante pensador nicaragüense y me decía que la erradicación de la pobreza hay que asumirla como un desafío ético. Si no nos desarrollamos sostenidamente, dice, “el resultado será una sociedad dual de pocos ricos, cada vez más ricos, rodeados de un mar de pobreza”.

Para evitar ese mar de pobreza y convertirlo en un océano de abundancia para todos, he llegado al convencimiento que para sacar a Nicaragua adelante son importantes los siguientes consensos:

  1. Respeto a la institucionalidad. En especial al sistema de justicia, de formación de leyes, de elecciones y de reglas económicas
  2. Democracia representativa plena
  3. Educación
  4. Una economía de libre mercado, que fomente la inversión y la transformación productiva
  5. Respeto a los derechos humanos y libertades públicas
  6. Respeto a los derechos de propiedad
  7. Que el Estado ayude a los más desfavorecidos a tener trabajos dignos y mejores condiciones para desarrollarse

Estos consensos no son una receta secreta. De hecho, las dice más o menos con las mismas palabras, James Robinson en su libro: Por qué Fracasan las Naciones. Robinson es un profesor de la prestigiosa universidad de Harvard a quien la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (Funides) trajo a Nicaragua en 2015.

Pero si la receta es conocida, entonces ¿por qué no la implementamos? En parte porque los acuerdos no caen del cielo. Le toca al liderazgo político, económico y social, llegar al consenso e implementarlo. En esto, la responsabilidad de las élites es fundamental. Y nos recuerda el profe Robinson, que para alcanzar acuerdos es fundamental que los líderes se desprendan de intereses propios para pensar en los del país. Si las élites, compuestas por empresarios, políticos, intelectuales y líderes sociales no se ponen de acuerdo, cada quien buscará el arreglo que más le convenga a su grupo de manera individual. Y el interés colectivo, el de la nación, quedará relegado.

La historia de Nicaragua ha sido una secuencia de negociaciones, arreglos y pactos, que siempre dejaron por fuera el interés nacional en favor de acuerdos que beneficiaron a las élites del momento. Sin importar que dejaban por fuera a la mayoría, a los pobres y a lo que no tienen representación. Pero este es un tema aparte, que abordaré en otro momento.

El más reciente acuerdo, el modelo de diálogo público-privado que se mantuvo hasta antes de abril de 2018, pudo haber sido el inicio de un contrato social como el planteado por Robinson. Acuerdos entre gobiernos y el sector empresarial y laboral, son necesarios en todos los países. De hecho han contribuido ampliamente al desarrollo de muchas economías, como en Irlanda, España, Costa Rica, Perú para mencionar algunos.

El problema fue que por la marrullería de Ortega, para consolidar su dictadura y otras causas, el “acuerdo” nicaragüense dejó por fuera la atención al punto 1 de la lista: Respeto a la institucionalidad. “Hablemos de lo económico pero no de la institucionalidad” era el lema. Este fue un error de grandes proporciones que ahora todos lamentamos. En lo personal, me da mucha frustración que estando el camino tal claramente definido, el egoísmo y las ambiciones de poder no han hecho posible que avancemos y más bien que retrocedamos. Por esto mismo no me cansaré de insistir en lo evidente.

Andrés Velasco, economista chileno que también vino a Nicaragua por invitación de Funides, durante su visita, justo antes del inicio de la crisis de 2018 cuestionó la falta de atención al tema institucional. Andrés fue un poco menos académico cuando dijo “es probable que una desaceleración económica se produzca más temprano que tarde en Nicaragua. Cuando esto suceda, los empresarios locales se sentirán menos orgullosos de su estrecha relación con un gobierno autoritario. Y al gobierno le resultará más difícil conseguir la conformidad de una población descontenta”. Nunca pensé que cuando Andrés dijo más temprano que tarde, iba a ser así de temprano.

Así como San Ignacio formó un ejército, así creo que deberíamos hacer uno todos los nicas para defender esos 7 puntos esenciales para que deponiendo intereses particulares, transformemos ese mar de miseria, en un océano de prosperidad.

El autor es director ejecutivo de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia.

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