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    El Despacho

    Cicatrices de una revolución

    En 1979, Janeth Suazo, de 15 años, se enlistó a la guerrilla sandinista para luchar contra Anastasio Somoza. Perdió la vida. En 1987, Álvaro Gómez, de 17 años, se enmontañó con armas para defender la Revolución. Perdió una pierna. Estas son dos historias de las heridas profundas que dejó este proceso antes y después del 19 de julio de 1979.

    I. SIN TUMBA PARA LLORAR           

    Janeth del Carmen Suazo Blandón escapó de su casa el mediodía del 9 de abril de 1979 y ya no volvió más. A los cinco días, el 14 de abril, murió abatida a tiros en una emboscada de la Guardia Nacional, en Estelí. Su cuerpo fue incinerado y a 40 años del triunfo de la Revolución sandinista su familia no sabe exactamente en qué parte del “panteoncito” El Carmen, ubicado cerca donde murió, están los restos de la exguerrillera, entonces de 15 años.

    Janeth, la adolescente que jugaba basquetbol en las calles de su barrio y que arengaba consignas en contra de la tiranía en atrios de iglesias de Managua, fue una de las al menos 35,000 vidas arrebatadas durante los enfrentamientos entre guerrilleros sandinistas y fuerzas opresoras del dictador Somoza. Su historia, como otras tantas, es una herida abierta que dejó el anhelo por la revolución.

    Martha Suazo, en Managua, muestra el único retrato que tiene de su hermana Janeth. MELVIN VARGAS / DESPACHO 505

    Desde el 17 de abril, cuando por fin su familia se entera de la muerte, su mamá Emelina Suazo y su hermana Martha Suazo, empezaron la búsqueda interminable de Janeth, negándose a escuchar, incluso, lo que testigos y guerrilleros decían: Janeth murió en combate. Pero no era suficiente, porque hasta que no miraran el cuerpo inerte, se aferraban a la idea de que ella permanecía con vida. “Mi mama fue a los cinco días a Estelí y solo encontró humo, las quemaron. Llegó a Estelí y no creía, pero al final le dijeron que sí había muerto en el ataque, pero no se resignó”, cuenta Martha Suazo, entre el bullicio de su casa en Managua y el nudo en la garganta que le provoca recordar la forma en que murió la segunda de seis hermanas.

    Janeth no logró celebrar el triunfo de la Revolución ni disfrutar de los días sin la dictadura de Somoza, dice su hermana. Ni siquiera su mamá, férrea sandinista hasta su muerte en 2010, festejó en la Plaza de la Revolución con los guerrilleros la liberación de un país ansioso de paz y libertad; se empeñó ese día en buscar el rostro de su hija, entre las decenas de camiones cargados de armados. “Fuimos al Estado Mayor (cerca de Tiscapa) y esperamos que entraran toditos los camiones del Frente Norte. El 20 de julio estuvimos esperando entre la multitud y en uno de los camiones venía una conocida que nos gritó, desde lejos, que a mi hermana la mataron y nos pusimos a llorar”, recuerda.

    “Fue duro”, rememora.  Pero la historia de búsqueda no acabó ahí. Familiares y conocidos eventualmente les decían, en años siguientes, que habían visto a Janeth en Rivas, luego en León. “Mi madre se fue a buscarla ahí. No se resignaba, en la radio decían que ella estaba viva, pero si hubiera sido cierto, habría vuelto a casa”.

    Martha Suazo no recuerda en qué momento su madre finalmente se resignó, pero admite que fue un dolor que jamás superó. “También llegó otro golpe, cuando mis dos hermanas se van con sus hijos a Estados Unidos huyendo de la guerra entre sandinistas y contras”.

    Después, dice sin precisar fechas, el Gobierno sandinista le empezó a entregar una pensión a su mamá de 300 córdobas, pero que se fue elevando hasta alcanzar 1,500 córdobas en 2010. Además de eso, la Alcaldía de Managua en su momento bautizó una calle con el nombre de su hermana, y cada año las autoridades sandinistas conmemoraban la caída en combate de 14 guerrilleros el 14 de abril, previo a la insurrección final de Estelí en 1979. “En Estelí hay murales, pero dicen los héroes y mártires del 14 de abril”. Nada más.

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    La muerte de Janeth parece existir solo en la memoria de esta familia. A más de 150 kilómetros de Managua, entre el barrio Andrés Castro, donde habita Martha, y la periferia de Estelí, está el pequeño cementerio que alberga las más de una decena de cruces en memoria de los caídos ese día. Los héroes y mártires son solo 14, todos hombres, no hay un registro sobre Janeth. En el barrio dicen que solo reconocen a caídos masculinos, pero que cabe la posibilidad que su cuerpo en efecto descanse, si es que se le puede llamar así, ahí, en ese pequeño pedazo de tierra, rodeada de pequeñas casas de tabla y rejuvenecido por el verdor de los árboles y la lluvia caída en estos días de julio.

    Familiares de jóvenes asesinados por la Guardia Nacional improvisaron un cementerio en el lugar donde murieron hace 40 años. DESPACHO 505 / C. TÓRREZ.

    Despacho 505 no pudo confirmar que el nombre de Janeth figure entre las cruces blancas que recuerdan a los héroes y mártires del 14 de julio en Estelí. Ese camposanto, que todos los abril y julio recibe visitas de funcionarios municipales y medios de comunicación del actual gobierno para conmemorar con parafernalia la fecha, permanece enmallado, condenado con llaves y con limitado acceso al público por lo que fue imposible buscar el nombre de la hermana de Martha Suazo. “Ella está ahí sí, mi mamá y yo íbamos, ahí tiene que estar su nombre, y si puedo, iré a verla este mes de julio y le haré una foto”, refuta.

    Y luego comparte una reflexión a la que llegó a finales del 2018: “Su muerte no valió la pena, estoy muy resentida, mi hermana cayó, murió, por una causa y mirá cómo acabamos (Ortega ahora es un dictador 40 años después). Si mi hermana hubiera sobrevivido, habría estado desencantada del proceso revolucionario”. Al final, dice, solo quedó la sensación de que aquella lucha por la liberación del país terminó en el mismo punto donde inició. En abril de 2018, Ortega desató la peor crisis en materia de derechos humanos en tiempos de paz.

    El «panteoncito» El Carmen, en Estelí, donde, según Martha, descansan los restos de su hermana Janeth. DESPACHO 505 / C. TÓRREZ.

    En Managua, de Janeth solo han quedado los recuerdos de sus hermanas y un intento de retrato pintado en un retablo que cuelga de una de las paredes de la sala de la casa de Martha, y que tampoco le hace justicia a la figura de cuando tenía 15 años. Y su caso, el de la adolescente que partió en una carava de Cruz Roja a Estelí, forma parte de una cantidad imprecisa de nicaragüenses cuyos nombres no fueron registrados entre los mártires de la Revolución Popular Sandinista de esa ciudad del Norte del país. El reconocimiento moral a la revolución y a sus caídos más destacados, eso sí, abunda por murales y calles de Estelí.

    II. SECUELAS DE GUERRA

    Álvaro Gómez estaba a punto de cumplir los 18 años cuando se enfiló voluntariamente  al Servicio Militar Patriótico (SMP), en enero de 1987. Casi tres meses después, el 18 de abril, regresó a su casa en Monimbó, Masaya, sin la pierna derecha. La desdicha fue un accidente que ocurrió mientras se dirigía hacia a un lugar de las montañas de Santo Domingo, Chontales, a combatir a los miembros de la Contrarrevolución. Su compañero de guerra, otro joven como él, manipuló incorrectamente un lanzacohetes RPG 7, provocando que Álvaro perdiera cinco centímetros de la rótula.

    Álvaro Gómez profesor de Física a la que la tiranía le asesinó un hijo, en abril de 2018. CONFIDENCIAL / DESPACHO 505.

    Gómez, ahora un profesor de Física forzado al exilio en Costa Rica por el mismo hombre que lideró el proceso revolucionario, Daniel Ortega, estaba consciente de defender un proyecto que triunfó el 19 de julio de 1979 y que había llevado aires de progreso a su barrio indígena, marginado durante la dictadura somocista a vivir sin agua potable y con un ineficiente servicio de energía. “La revolución me empapó (atrajo), me fui con miedo, por los muertos, pero me decidí a participar”, recuerda.

    La Revolución sandinista no le fue ajena. Tenía diez años cuando los guerrilleros entraron triunfantes a Managua el 20 de julio de 1979, tras rendirse la Guardia Nacional. Y un año antes, cuando Monimbó se insurreccionó en febrero de 1978, su mamá  María Albertina Gómez ayudó a la guerrilla a transportar armas. Así Monimbó y su gente saltaron a la fama como sinónimo de heroísmo.  “Al principio, no quería ir al Servicio Militar, tenía un compañero de clase que de adolescente lo asesinaron en las montañas, lo mataron en la guerra, por eso no quería ir al Servicio. A pesar de eso desde 1986, varios muchachos del barrio hablábamos de que nos íbamos a ir”, recuerda.

    La guerra entre sandinistas y contrarrevolucionarios (1982 – 1990), dejó un saldo aproximado de 30,000 personas muertas: 15,000 civiles y 15,000 combatientes, y otro número impreciso de lisiados de guerra. La cifra más cercana indica que 11,000 jóvenes de esa década quedaron con secuelas graves de cuerpo y mente. Álvaro Gómez, es uno de ellos, pero aprendió a vivir a diario con las huellas del dolor.

    “Fue un proceso muy duro, porque antes que perdiera mi pierna era un chavalo de 17 años, que jugaba beisbol, jugaba en las calles de Masaya, activo, pero cuando llegaba a la casa, hasta discutía con mi mamá porque me decía que saliera a la calle, pero al verme sin un miembro discutía con ella, me deprimía, los primeros días no, pero cuando miraba a los jóvenes jugar, me deprimí, empecé a tomar alcohol, y ya se estaba haciendo ingobernable mi situación”, cuenta a través de una videollamada, desde San José, Costa Rica.

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    Y agrega: “Como todo joven arriesgué la vida, vi la guerra como algo aguerrido, pensé que estando dentro de la columna sandinista nos sentiríamos con más coraje, con más moral para hablar a los que no habían ido, y así decirles que defendieran la Revolución. Nunca pensé desertar de las filas del Servicio Militar”. Gómez ha dicho una palabra en la entrevista en la que se resumen su reconocimiento: moral. En la década de 1980, y unos años después del 90, abundaron los reconocimientos morales, pero no había un compromiso de Estado, ni de los sandinistas ni contras, por palear las secuelas que dejó la guerra en esos jóvenes a los que se armó de fusiles.

    “A mí me transportaron en el helicóptero al Hospital Militar, y ahí me sentí que habían puesto a un animal, no tuve sicólogo, mi sicólogo era mi mama y mis amigos”, lamenta. Tampoco tuvo la asistencia médica óptima. La primera prótesis se la pusieron al año del accidente, y no recibió los cuidados necesarios tras la cirugía.  “Control sicológico, en su momento, era lo mejor que me hubieran dado”, insiste. Ahí, en esa tragedia, terminaron los anhelos de un joven que soñaba con ser ingeniero electrónico.

    Para las personas con secuelas de guerra se han dictado leyes, entre ellas la Ley que garantiza los derechos y beneficios a los discapacitados de guerra pertenecientes al Ejército Popular Sandinista y a los Cuerpos de Seguridad y Orden Interior del Estado (Ley 98), del 20 de abril de 1990 y un decreto denominado Ley Orgánica del Instituto Nicaragüense de Atención a las Víctimas de Guerra (Invicta), del 14 de febrero de 1991. Por esas legislaturas, al profesor Álvaro le otorgaron una pensión que  hasta julio de 2018 era de 3,500 córdobas.

    Pese a las limitaciones físicas y económicas, derivadas del accidente en la guerra, Álvaro logró estudiar Física en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAM-Managua), en 1990. Y antes de encontrar el trabajo de profesor en el Instituto Central de Masaya en 1998, horneó en una panadería, elaboró artesanías y cuidó casas por las noches.

    Hasta 2007 fue simpatizante del Frente Sandinista. Un año antes votó por Daniel Ortega en las elecciones presidenciales, y ahora viendo en retrospectiva no considera esa victoria legal, porque dice que Ortega ganó con una minoría de los votos de la población, producto de un pacto que Ortega firmó con Arnoldo Alemán. “Poco a poco fui relacionando a Ortega con Somoza”, afirma, sentado frente a la pantalla de su teléfono celular. El profesor, como le llaman, luce una barba de pocos días, la mirada triste y la preocupación de la sobrevivencia en el exilio.

    El pueblo de Monimbó sufrió un feroz ataque por parte de las fuerzas represivas de Ortega, en julio pasado. El profesor Gómez huyó a pocas horas del ataque. CORTESÍA / DESPACHO 505

    Está en un algún sitio de San José añorando Monimbó y viviendo el dolor que la dictadura de Daniel Ortega le provocó. Las fuerzas represoras –policías y paramilitares– atacaron el barrio indígena desde el 18 de abril de 2018, cuando decenas de jóvenes se sumaron a una protesta en contra de una injusta reforma al sistema de pensiones. Y en la madrugada del 21 de abril asesinaron a su hijo Álvaro Alberto Gómez Navarro, y a otros cuatro jóvenes, entre los que se encontraban hijos de veteranos que defendieron a la Revolución en 1980.

    “Nos sentimos traicionados con la revolución que promulga Ortega, conmigo andan muchos que defendieron el proceso y pensamos lo mismo. Es una decepción, porque la guerra dejó muchos muertos, y si estuvieran vivos estarían con nosotros ‘los azul y blanco’. Es una decepción cómo la familia Ortega – Murillo se apoderó de ese proceso revolucionario; al final utilizaron el nombre del Frente para enriquecerse y llegar al poder, y muchos seguidores, como yo, creímos en la revolución, creíamos  en un cambio revolucionario”, reflexiona.

    El profesor Álvaro salió de su casa el 17 de julio, a pocas horas de que las fuerzas leales al régimen llegaran a ejecutar la Operación Limpieza en Masaya y dejaran sus huellas de muerte: 30 personas fueron asesinadas. El pueblo heroico de Monimbó luchó con bombas artesanales, piedras, tiradoras y alguna que otra arma hechiza, pero se doblegó ante las armas de guerra que accionaron los defensores de la dictadura.

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    Casi un mes de después, el 4 de agosto, llegó a Costa Rica con su esposa, tras días en la clandestinidad. Cruzó puntos ciegos de la frontera sur y caminó más de cinco kilómetros en la oscuridad de la noche. Ahí, en San José ya se sentía seguro, pero empezó otro drama: la renta de una casa, la manutención de la familia y el deterioro de su prótesis, y el duelo por la muerte de su hijo. “Está insostenible la situación en Costa Rica”, dice el hombre que trabaja eventualmente dando clases de física. Ortega ya ni la pensión le deja retirar.

    — ¿Y volvería a Masaya?

    Prefiero volver a Masaya. Vamos a ver cómo nos organizamos para volver, pero preferimos estar allá y correr las consecuencias.

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