Jessenia Téllez Rivera en una ilustración. J. G. / DESPACHO 505

Yadira Velásquez todos los días eleva sus manos al cielo y ruega a Dios que le dé fuerzas para trabajar en el lugar donde su hija Jessenia Téllez Rivera fue asesinada por un hombre al que la Policía declaró “loco” y liberó en cuestión de horas.

Ha pasado el tiempo, pero el dolor que le congeló las entrañas aquel jueves 23 de enero de 2020, cuando recibió muerta a su hija, continúa intacto, afirma. Esa pena es también consecuencia de la inacción de las autoridades nicaragüenses y el desprecio que mostraron por la vida Jessenia.

“Yo viajaba siempre con ella a Managua, a las tres de la tarde ya íbamos de regreso a la casa, ahora lo hago sola: voy y vengo en ese camino; para mi es inevitable llorar  llegando a la esquina donde vendíamos, me parece que la voy a ver”, se lamenta.


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Era el miércoles 22 de enero de 2020. Jessenia de los Ángeles Téllez Rivera, de 33 años, salió a las 5 de la mañana de su casa, en el barrio Tierra Prometida, en Nagarote, León, para tomar el bus con destino al sector del puente El Edén, al suroeste de la capital,  donde dos décadas atrás había llegado de la mano de su mamá para ofertar los tradicionales quesillos nagaroteños. Al terminar su jornada, caminando hacia una parada de buses cercana fue atacada por un sujeto en plena calle.

Todo fue muy rápido. Jessenia intentó huir, pero el primer golpe que recibió en su cabeza la hizo caer y el atacante la alcanzó. Fue asistida, pero no había nadie en el lugar que pudiera avisar a su familia.

Falleció al siguiente día en el Hospital Lenín Fonseca, ahí la encontró su madre, luego de haberla buscado con desesperación en varios centros asistenciales de Managua.

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“Cuando confirmé que ella estaba ahí, muerta, perdí todo valor, me desvanecí, lloré amargamente, no podía soportarlo, me volví loca, pedí ayuda a la casa, mi marido y el esposo de ella me vinieron a rescatar, fue un gran impacto”, rememora la mujer.

Luego del entierro de Jessenia, la sed de justicia llevó a la madre hasta Managua con la idea de comenzar el proceso penal que llevaría a prisión al responsable. Pero el hombre ya ni siquiera estaba detenido. Pese a que el crimen contra Jessenia recibió atención mediática no se emprendió ningún oficio a fin de ofrecer las respuestas de la madre dolida por el femicidio de su hija. Tampoco fue promovida una investigación interna para determinar responsabilidad en los oficiales que pusieron libre al agresor.

“Mataron a una mujer que por 20 años se dedicó solo a trabajar de manera honrada, y que también se esforzó por su familia. Sus cuatros hijos eran lo más importante (para ella). No era un perro. Quien la asesinó no era ‘un loco’, como me aseguró la Policía. Ellos (las autoridades) no merecen respeto, son servidores de la injusticia”, reprocha hasta que las lágrimas la ahogan.

En la estación cuatro de Policía de Managua a Yadira le informaron de forma verbal que el femicida era una persona que padecía una enfermedad mental  y como no habían  pruebas para procesarlo había sido liberado. El sujeto fue atrapado y entregado a las autoridades por ciudadanos que presenciaron el ataque y prestaron auxilio a Jessenia para que fuera trasladada en ambulancia a un hospital.

“Mientras no haya justicia no descansaré, no dormiré en paz, no trabajaré tranquila, Dios me libré de tanto dolor, y sea él quien haga pagar a ese hombre que le arrebató la vida a mi hija, porque si yo lo veo, si me lo encuentro, no sé cómo podré reaccionar”, dice.

La madre de Jessenia cuestiona que un hecho tan grave, como el crimen de una mujer en plena vía pública, con testigos presentes y con el responsable capturado, fuera descartado como objeto de investigación.

La ligereza con que los oficiales trataron el caso, al punto de no entregarle un expediente, ni poner en conocimiento del caso al Ministerio Público, le resulta aberrante. “Me quedé sin habla, me llené de impotencia, cómo era posible que ese asesino quedará en libertad, cuando hubo gente que observó la forma en que mató a mi hija. No tuvo piedad, incluso, hubo otros pobladores lesionados que intentaron defenderla, me le dio dos veces en su cabeza con un adoquín, me la mató”, reclama.

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Durante cinco días consecutivos Yadira llegó a la estación cuatro de Policía para pedir el informe del caso de su hija. Pero no recibió “ni un papel” ni respuesta.

“Si era loco debían encerrarlo, porque así como mató a mi hija, puede matar a cualquier otra persona. No debieron soltarlo, es una irresponsabilidad”, critica, ya que ella misma desde entonces camina alerta por temor.

Yadira y Jessenia lo conocían. Era una persona agresiva, refiere la señora al contar que en varias ocasiones las ofendió porque no le regalaban quesillos o dinero. “No hubo amenazas, pero sí ofensas, yo le decía a mi hija que no se fuera a montar a esa parada cuando él estuviera ahí, pero ella era confiada, decía que Dios la cuidaba”.

Jessenia tuvo cuatro hijos de entre 8 y 16 años. Yadira y su yerno velan por ellos, ninguna institución pública les ofreció apoyo. Ni siquiera prestó atención sicológica para procesar la pérdida de su madre.

“Sufro todos los días, nadie me ha dado acompañamiento, una organización de mujeres no dio ayuda psicológica, también jurídica, pero nadie del Gobierno se hizo presente. No espero nada de ellos, si no hicieron antes, menos ahora. Todo tiene su paga”, sentencia.