Una imagen tomada de Unsplash.

Mamá suele llorar mucho en Navidad y Fin de Año y no sé cómo consolarla. Diciembre es probablemente el mes más amargo para ella. La música, la comida, el frío, las fotos… todo en la casa le hace recordarme. 

Hace unos días me envió un mensaje de voz por WhatsApp que me destrozó el alma. “Ya es 24 y 31 (de diciembre). Esos días me entristecen. Otra navidad sin vos”, me dijo conteniendo el llanto. “Como madre, te recuerdo mucho en estos tiempos”, continuó. 

En Nicaragua eran las 5:45 de la mañana y estoy seguro que grabó ese audio mientras pensaba que por estas fechas llegaba al pueblo y me perdía con mis amigos en los bares y la laguna de Apoyo. Pese a que permanecía poco tiempo en casa, a ella le daba tranquilidad y certeza saberme ahí, cerca. 

La madrugada del 31 de diciembre de 2017 terminé borracho en una estación policial con mi mejor amiga tras una noche frenética en un carnaval de otro pueblo. Ella y mi padre fueron a buscarme. Me regañaron fuerte. Debe acordarse de eso porque ocurrió en el último diciembre que compartimos juntos. 

Horas después, cuando me recuperé de la resaca, fuimos al supermercado y preparamos la cena para la familia y los amigos que pasaron la noche en casa. Limpié el salón y arreglé el árbol navideño.

Otro audio. “Me siento mal por no tenerte otra vez”, sollozó. En un intento de tranquilizarla, pensé en decirle lo mismo que le he contestado desde que decidí venirme a España hace más de cinco años: “Mamá, son solo fechas”. No obstante, me contuve. Lloré en silencio. 

Estuve a punto de escribirle en el chat de WhatsApp: “Mamá, no esté triste y vea TikTok para distraerse (es amante de esa red social)”. Pero no. Habría sido un “hijueputa”, con todo el respeto que ella se merece. 

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Salí de la redacción donde trabajo en Madrid y le llamé, pero no respondió. Luego, me quedé en el jardín reflexionando… para ella el 24 y 31 de diciembre no son solo simples fechas festivas, como suelo decirle. Diciembre es muy nostálgico. No imagino, cuánto deben afectarle, emocionalmente, estos días. 

En diciembre de 2012 murió mi abuela. Ese año, no nos reunimos en familia para celebrar la Navidad y el Fin de Año. Atrás, habían quedado aquellos días en que mi tía Luisa llegaba, primeramente, a cocinar nacatamales y gallina rellena para luego emborracharse en el patio delantero de la casa donde poniamos mesas, sillas y cumbias a todo volumen, igual que todos los vecinos de la calle. 

Esas noches, mi abuela solía imitar a mi tía que ya para las 11:30, casi siempre, estaba borracha. También bailaba una canción en versión mariachi que decía así: “La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar…”.

Al final de la fiesta (del 24 o 31 de diciembre), mi abuela y mi tía terminaban peleando por cosas tontas y luego, como si no hubiese ningún altercado, se “chineaban” (cargaban) unas a otras para hacerse enojar más. Mi abuela también se embriagaba con el postre tradicional, “Sopa borracha”, al que le ponía más aguardiente a escondidas de nosotros.

La fiesta de Navidad y Fin de Año era un escándalo que provocaba risas exageradas de todas y todos los reunidos, y algunos vecinos. 

Y mi mamá, que no tomaba ni fumaba (ahora lo hace), siempre estaba sentada en una silla mecedora viendo impávida aquel espectáculo. Se reía mucho con y de mis tíos. Pero la mayoría de ellos tampoco están este diciembre. Han muerto, incluida mi tía Luisa que era el alma de la fiesta, la que — de jóvenes — nos dejaba tomar ron y cerveza y nos regalaba dinero para comprar pólvora que quemábamos en la calle. 

Tampoco estoy yo en casa. Y tampoco hay procesiones religiosas en diciembre que, de alguna forma, le ayudaban a sobrellevar las pérdidas que suponen la muerte de los familiares y el abandono, llamémosle así, de un hijo. La dictadura ha prohibido cualquier expresión religiosa popular que implique usar el espacio público. 

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Mi mamá es sumamente religiosa, extremadamente creyente, y se ha refugiado espiritualmente en Dios, en su Dios, y la Virgen. En diciembre, comúnmente asistía a la Iglesia a los novenarios de la Purísima, y luego a las posadas del Niño Dios. 

Ahora vive su fe en soledad.

La noche del 24 de diciembre, antes de la parranda en casa, mi mamá participaba en una multitudinaria procesión protagonizada por niños y niñas que interpretaban a Jesús, María y los pastores de Belén.  

A mi me vistió muchas veces de pastorcillo cuando era un niño. Yo odiaba ponerme trajes estrambóticos decorados con lentejuelas y odiaba cantar por las calles ante la mirada de todo el pueblo. Y por si fuera poco, me obligaba a entonar los villancicos tradicionales de Nicaragua en las noches previas al 24 de diciembre. 

Vámonos pastores, vamos a Belén, a ver a María y al Niño Dios, también”, recuerdo cantar aquellos días en la habitación, en medio de la penumbra. Justamente en los audios que me mandó esta semana se escuchan los sones de pascuas que los filarmónicos ejecutaban con sus estruendosos instrumentos en las madrugadas y noches de diciembre durante las tradicionales posadas. 

Escucho otra vez sus audios. Está llorando. 

Diciembre es un mes nostálgico para mi madre. A medida que termina el año, la tristeza le embarga, pero no hay palabras que ayuden a aliviar ese sentimiento.

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Me pregunto, otra vez, cómo consolarla. Qué le respondo cuando me dice que me extraña y que pasará otra Navidad sin mi. No lo sé. 

En el fondo, sin embargo, sé que está feliz, tranquila, pensando en que yo estoy bien. Lejos, pero bien.


José Denis Cruz es un periodista nicaragüense exiliado en España. Es fundador de DESPACHO 505 del que fue Coordinador Editorial hasta el año 2021. Ahora es fact-checker en el medio de verificación español Newtral.es.