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La historia de una nicaragüense que vendió su carro, estuvo secuestrada en México y cruzó el río Bravo en una balsa ponchada

La travesía inició en Managua, de donde partieron en un grupo de 19 personas rumbo a una excursión a Guatemala, de ahí dieron el salto a México, donde en cada pueblo eran entregadas a diferentes personas.

Un grupo de migrantes, ayudados de un inflable, intentan cruzar el Río Bravo hoy, en la ciudad de Matamoros en Tamaulipas (México). EFE/Abrahan Pineda-Jacome

“Decidí arriesgarme a salir de Nicaragua de mano de un coyote porque allá no veía futuro para mis hijas”, dice Estrella, una mujer oriunda de Managua que emigró irregularmente junto a sus dos hijas y a su sobrina. Ellas estuvieron secuestradas en México,  cruzaron el río Bravo en una balsa ponchada, pero al fin pisaron suelo de Estados Unidos.

Estrella enviudó hace 7 años cuando fue víctima de asalto junto al padre de sus hijas, de 15 y 12 años,  y él recibió un disparo que le quitó la vida. “Desde entonces sobrevivía del alquiler de una propiedad, lograba sacar los gastos de la comida, pero la cosa estaba cada día peor, mi hija mayor estaba en décimo grado y tendría que ir a la universidad y de qué me iba a servir mandarla si no hay oportunidad para trabajar”, confiesa la mujer que en busca de un mejor futuro vendió su carro y otras pertenencias para reunir la cantidad de dinero que cobraba el coyote.

El costo por guiarlas en la travesía era de 4,200 dólares cada una, cantidad que entregaron directo al guía. La travesía inició en Managua, de donde partieron en un grupo de 19 personas rumbo a una excursión a Guatemala, de ahí dieron el salto a México, donde en cada pueblo eran entregadas a diferentes personas.

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“Al llegar a México,  fue de ir de mano en mano, en cada Estado te van entregando a diferentes personas, al coyote ni la cara se le miró. Pasamos por  Palenque, Villahermosa, Puebla, Monterrey, hasta llegar a Reynosa, que fue donde nos secuestraron”, prosigue.

No estaban secuestradas sino retenidas

En cuanto al secuestro, dijo que sus captores les explicaron que no pertenecían a ningún cartel y que no las tenían secuestradas, sino solo retenidas y que tenían que pagar una multa. “En realidad sabemos que sí son de los carteles, pero ellos insistían en decirnos que no, que si lo fueran nos hubieran mutilado partes del cuerpo para intimidar a nuestros familiares”, dice conmocionada al recordar esos momentos de sobresalto.

Estrella nunca imaginó que iban a ser retenidas, pues la hermana de su sobrina viajó con el mismo coyote o guía y este le prometió que el viaje era seguro y que iban a llegar en ocho o 12 días, pero en realidad salieron el 8 de mayo y llegaron hasta el 28 de junio. 

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“En Reynosa, donde nos tenían encerradas, gracias a Dios no nos maltrataron,  nos tenían con aire acondicionado, nos daban de comer, nos dejaban ver películas y nos ponían a dormir en el piso. Siempre peleé para que no me separaran de mis hijas y de mi sobrina”, continúa.

Encontraron muchos nicas en el camino

En el sitio de su retención y durante la travesía logró ver a muchos nicaragüenses. “Solo en el grupo que salimos de Nicaragua éramos 19, en una bodega en Puebla, donde nos encerraron éramos 40 nicas y salía un grupo y llegaba más gente. Vi gente de Matagalpa, Managua, Chinandega, hasta nicas que estaban en Costa Rica estaban ahí”, cuenta Estrella.

En su caso, el rescate fue de 1500 dólares cada una, así que después de viajar en trocas o camionetas y en carritos, estaban a merced de que su familia pudiera enviar el dinero siguiendo las instrucciones que les dieron.

“Yo siempre he sido precavida, había dejado unos ahorros en Nicaragua y  con eso mi familia pudo juntar la cantidad de 6 mil dólares por las cuatro”, explicó.

Cuatro días permanecieron retenidas y una vez que pagaron el rescate estaban listos para llevarlas hasta la orilla del río Bravo.

Para entonces, Estrella y sus tres acompañantes solo iban con la ropa que llevaban puesta. “De Managua salimos con una mochila cada una, llevábamos cuatro cambios de ropa y zapatillas, pero en el camino te decían saquen ropa, boten la ropa y al cruzar solo teníamos lo que vestíamos”, relata.

Al ser liberadas pensó que lo más difícil había pasado, pues estaban a un paso de alcanzar suelo estadounidense, sin embargo, nada estaba más lejos de la realidad.

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El temible Río Bravo

“Pasar el río fue lo más terrible de todo”, asegura Estrella, quien junto a sus hijas y una sobrina, las primeras tres veces llegó a la orilla y las tres veces se regresó, porque sus coyotes les decían que debían volver, pues había patrullas fronterizas que las podían regresar.

Sin embargo, cuando finalmente las patrullas se habían marchado, cerca de las cuatro de la tarde, les informaron que cruzarían en una balsa.  “No importaba que fuera una balsa, lo catastrófico era que la balsa venía ponchada y éramos la mayoría mujeres, una muchacha salvadoreña venía con una niña de un año, una nicaragüense traía un niño de tres años, mi sobrina embarazada y todas teníamos miedo, más al ver que un señor con una bomba manual le venía echando aire a la balsa para que no nos hundiéramos”, cuenta consternada.

“Ese cruce fue lo más angustiante”, señala la mujer que recuerda que estando al otro lado del río empezaron a caminar  y su niña menor tomó la delantera y les dijo que les avisaría si divisaba a un “militar gringo” para que les ayudara. 

“Mi niña miró a un militar en uno vehículos y yo que ya venía traumada le dije que cómo sabía que no era mexicano y me dijo que en el uniforme tenía la bandera de Estados Unidos,  él hizo llamadas y llegaron camionetas para llevarnos a migración”, dice esta madre nica que fue trasladada a un albergue.

“Después de pasar tantas cosas y tantos sustos fuimos recibidos por  familiares y conocidos, hemos contado con la Fundación Nicaragüense Americana  para el Desarrollo,  Educación y Cultura, en Houston, Texas”,  aseveró Estrellas, cuyas hijas ya están integradas en un colegio, donde tienen recorrido gratis y están en un programa para que aprendan inglés, además, su sobrina ya dio a luz.

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