HISTORIADOR Y PROFESOR DE HARVARD

MATEO JARQUÍN: “HEMOS FRACASADO EN CONFORMAR UN ESTADO”

A 200 años de la Independencia de Nicaragua del Reino de España, el historiador nicaragüense analiza las luces y sombras de un proceso inconcluso, marcado por la guerra y la falta de compromiso de las élites por consolidar un proyecto democrático.

Por DESPACHO 505 | Septiembre 15 , 2021

— ¿Qué rescatarías de estos 200 años de Independencia de Nicaragua?, le pregunto.

La respuesta inmediata del historiador Mateo Jarquín es el silencio. No es ajeno que calle por unos segundos cuando los hechos demuestran que estos 200 años de vida independiente, que se cumplen este 15 de septiembre, han estado marcados por episodios violentos, guerras, que han impedido la instauración de un proyecto democrático en Nicaragua.

— Es difícil, responde en seguida.

Jarquín, doctor en Historia por la Universidad de Harvard y profesor en la Universidad de Chapman (California), más bien cree que lo que ha habido en Nicaragua son procesos repetidos “de intentos de una formación estatal que después es abortada”.

En esta entrevista repasa los hechos que han marcado al país desde que decidió — junto Honduras, Costa Rica, El Salvador y Guatemala — dejar de ser un enclave más del Reino de España hasta los 200 años que se cumplen hoy y que encuentran a los nicaragüenses sumidos en una profunda crisis sociopolítica y económica producto de la instauración de la dinastía Ortega - Murillo. Y en eso, dice, las élites locales han tenido responsabilidad por intentar mantener un status quo que no afecte sus intereses.

¿Cómo deberíamos llegar a este Bicentenario si tomamos en cuenta los ideales por lo que su buscó la independencia del Reino de España?

Evidentemente, es un proceso inconcluso. Cuando pensamos en esta época de declaraciones de independencia a nivel de las Américas, la declaración de la independencia con respecto al poder colonial sólo fue una parte. Eso en término formales se logró, pero en Haití, por ejemplo, se trataba de acabar con la esclavitud y crear una República negra; en Estados Unidos se trataba de reconstruir un nuevo sistema político, y en América Latina, que se inspiró muchísimo en esas dos revoluciones anteriores, también el propósito no era responder a lo que era el colapso del imperio español sino crear también un nuevo modelo para organizar a la sociedad, la política y generar el progreso.

Esa gran idea era el liberalismo y, obviamente en Nicaragua, 200 años después, al igual que la mayoría de países de Centroamérica, no hemos logrado consolidar una forma de gobierno centrada en esas ideas de la soberanía popular, de la separación de los poderes, de los derechos individuales. También hemos fracasado en un aspecto menos romántico que es la formación de un Estado. Nunca hemos formado un Estado permanente en Nicaragua y más bien hemos tenido procesos de formación estatal que han sido abortados por conflictos armados.

La historia de Centroamérica ha estado marcada en estos 200 años por la violencia, pero me llama la atención que el proceso independentista centroamericano fue el menos violento de la región, según leía. ¿Por qué nuestras regiones se volvieron políticamente violentas?

En un sentido superficial sí fue pacífico. No hubo conflicto armado que acompañara la declaración de independencia de España. Sin embargo, cuando concebimos las independencias no solo como desprenderse de España sino también crear un nuevo sistema a raíz de eso, sí hay un nuevo proceso sumamente violento en Centroamérica, no único a nivel de América Latina. Lo que es ya un poco más excepcional en el caso de Centroamérica es que mientras en el resto de América Latina se logra un poco más de estabilidad en la segunda mitad del siglo XIX, no lo logramos aquí.

Otro factor especial en Centroamérica es la intensificada intervención de poderes extranjeros a mediados del siglo XIX: Gran Bretaña, Estados Unidos y empresas privadas de esas partes del mundo juegan un papel en la política de estos países que determina la violencia. Yo diría que la violencia ha estado ahí, incluso en el proceso independentista.

Mateo Jarquín durante su intervención en el evento Harvard Horizons 2019. Cortesía / D505

Incidieron estas intervenciones en el hecho de que no se cumplieran los ideales independentista...

Yo no responsabilizo únicamente a los actores internacionales. Es una tesis decir que en Centroamérica no tenemos instituciones, no tenemos cultura política en parte por esta situación de dependencia con estos actores externos. El problema con esa explicación es que deja sin contestar una serie de preguntas que tiene que ver más con la élite local, con los intereses de los grupos aquí en el terreno.

Por otro lado, si concebimos el siglo XIX como un fracaso que no tiene nada que ver con el resto del mundo estamos dejando a un lado un factor importante que es la intervención armada, como el caso de William Walker. Eso respondió a algo que ya pasaba en Nicaragua, que eran las guerras civiles entre las familias de élite, pero que también intensificó ese patrón de conflictos armados como una herramienta para hacer política.

¿Vos qué procesos rescatarías  de estos 200 años de Independencia?

Es difícil, yo diría que por un lado hemos tenido simplemente procesos repetidos, de intentos de una formación estatal que después es abortada, es decir en el siglo XIX teníamos estado liberal, luego estado conservador y eso iba cambiando, pero no había un estado que controlara todo el territorio y que trascendiera los intereses de élite. Hasta cierto punto la dictadura de Somoza y la revolución sandinista también forma parte de eso.

Somoza acaba con lo que había antes y cuando los Somoza son derrocados también significa comenzar de cero. Lo que sí creo que es diferente de la época de la Revolución sandinista es quien participa en este proyecto político, y sí creo que es innegable que por primera vez que otros sectores políticos participen en en ese proceso.

En el imaginario del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX no existía la población. La revolución sandinista a pesar que no logra acabar con la pobreza, redistribuir la riqueza, sí es un poco diferente en este sentido. Nicaragua después de la revolución sandinista no es la misma de antes.

¿Ves algún proceso democrático, entre comillas, en estos 200 años?

No hay mucho que rescatar ahí. Lo interesante del período de 1990 es el intento de democracia liberal y era novedoso por dos razones: Uno, a diferencia de un país como Chile que estaba saliendo de la dictadura de Pinochet, ahí ya había una tradición republicana, ya había una historia de elecciones, pero Nicaragua nunca tuvo eso. A diferencia de América Latina, la transición centroamericana en vez de ser la restauración de una tradición ininterrumpida era algo totalmente nuevo.

Dos, fue una transición democrática que se dio en las peores condiciones imaginables, en medio de una guerra civil e intervención extranjera. Eso nos ayuda a entender por qué no termina de funcionar ese experimento democrático, a pesar de otros aspectos como el florecimiento de la libertad de expresión, el crecimiento de la sociedad civil y el debate público. Al margen de eso es difícil rescatar otros capítulos.

¿Es un problema cultural eso en la región?

Desde las independencias hubo momentos graves que no sé si tienen que ver con cultura política sino con la tremenda desigualdad económica y racial que están en el corazón de estas sociedades, no solo de la época colonial sino también de la conquista. Esas desigualdades que están programadas en la ADN y son, hasta cierto punto, muy difíciles de reconciliar con el espíritu de esas ideas liberales, de que todos somos iguales ante la Ley. Es fácil y conveniente decir que es un problema de cultura política, ¿pero esa cultura política de dónde viene?

Me llama la atención que a principios del siglo XX tuviéramos un Estado moderno que hablaba de interrupción del embarazo, bastante liberal con Zelaya.

El caso de Zelaya es un buen ejemplo sobre cómo el proceso institucional en Nicaragua ha sido muy contradictorio. Evidentemente, Zelaya profundizó unos elementos liberales de nuestra vida política, que para ser sincero habían iniciado gobiernos anteriores. Por ejemplo, el papel de la educación pública, la separación Estado-Iglesia, y eso es muy importante, pero a la misma vez, Zelaya no estaba interesado en el liberalismo como un sistema para elegir quién va a gobernar y quién no, no era un régimen de elecciones libres, que contemplaba alternancia del poder. Era un estado partidario como los otros. La historia de la democracia, o la falta de democracia en Nicaragua, está llena de contradicciones.

¿Qué hace particular a Costa Rica?

La comparación con Costa Rica es importante porque nos hace ver que la idea de que la cultura política como explicación es absurda. Realmente la comparación es institucional. Costa Rica también pasó por una institucionalización muy violenta en el siglo XIX, pero logró formar un Estado.

Ortega acusa de todos los problemas de nuestro país a Estados Unidos y Europa por la injerencia. Por sí sola Nicaragua no ha sido capaz de consolidar un proyecto democrático, ¿qué rol juegan las potencias, como Europa y Estados Unidos que parecieran ser la policía del mundo?

Vale la pena repasar la historia del país y la influencia de actores externos, eso también está lleno de contradicciones. Es un error atribuir a todo lo que no ha funcionado en Centroamérica a la intervención de Estados Unidos porque eso le quita responsabilidad a las élites de nuestro países que en realidad tienen más responsabilidad.

Las élites han sido muy sabias a lo largo de nuestra historia manipulando y distorsionando los intereses de Estados Unidos y otros países para preservar el status quo. Estados Unidos intenta promover la democracia, pero a veces la democracia no necesariamente coincide con los intereses de Estados Unidos.

Es imposible pensar que una región como Centroamérica se va a democratizar en un ambiente internacional de autoritarismo, pero también tenemos que estar consciente que los actores externos, incluyendo los más democráticos, no siempre van a tener un impacto que coadyuve a los procesos de democratización.

Ya que hablás de élite, pareciera que les ha quedado grande la responsabilidad de establecer proyectos democráticos. Y lo vemos ahora con la élite nicaragüense...

La transición centroamericana de 1990, que fue un proyecto de élite, supuestamente iba a inaugurar una nueva época, pero no fue así. No sé cuál es el futuro de la región, pero la tendencia es muy preocupante en todos los países.

También la unión centroamericana fue un fracaso, no funcionó un estado federado y vemos que el SICA ha quedado sin influencia...

Hoy por hoy podemos decir que es un fracaso, y es fácil decir eso viendo hacia atrás, pero los procesos de integración, y en particular este último de los años 80, han tenido un papel importante en al menos el sueño de resolver algunos de estos problemas que son compartidos y estructurales. Realmente es la integración centroamericana la que permite poner fin a las guerra civiles de los 80, ese esfuerzo de encontrar puntos de convergencia entre gobernantes, entre sectores divididos por el espectro ideológico no solo fue un ejercicio único de multilateralismo a nivel centroamericano, pero puso en el centro la idea de la democracia liberal, evidentemente hasta ahí llegó.

¿Por qué?

Las instituciones de la integración centroamericana son expresión de los intereses de los gobiernos de Centroamérica, que a su vez son un reflejo de los intereses de las élites. A finales de los años 80 e inicio de los años 90, del siglo pasado, la democracia liberal no era la aspiración romántica de todas las familias de élite de Centroamérica, era una herramienta muy práctica que, además, era algo que simplemente se estaba generalizando en el contexto internacional con el fin de la Guerra Fría.

Eso servía para poner fin a conflictos armados que no servían a los intereses de nadie. Mi hipótesis es que la democracia, al igual que la integración, se generaron por un motivo muy práctico de un momento muy específico. La democracia como una forma de gobierno no se ha apoyado desde los sectores de poder.

¿Cómo valorás este momento que vive Centroamérica y Nicaragua?

Centroamérica vive un momento, aunque parezca increíble decirlo, semejante a la crisis de los años 80, que era un período donde murieron decenas de miles de personas en un conflicto armado, fue una violencia tremenda. Hoy por hoy nuestra generación no solo tiene que lidiar con el hecho de que somos una sociedad en postconflicto, que nunca lidió con las consecuencias de ese capítulo. Siempre tenemos violencia y autoritarismo.