¿Sería un presidente demócrata Joe Biden más tolerante con las dictaduras latinoamericanas que Donald Trump? Más que dudoso, dadas sus últimas posturas, su historial en el Congreso y la administración pública, y las opiniones de los analistas. Moderen sus esperanzas, tiranuelos multicolores.

El pasado sábado 5 de septiembre, el candidato demócrata tildó de “crueldad” la política de la administración Trump de deportar a exiliados nicaragüenses, luego de que las autoridades de migración retornaran a Nicaragua a un grupo de jóvenes que participaron en las protestas de abril de 2018, exponiéndolos a ser arrestados y sufrir maltratos, según reportó La Prensa.

Biden escribió en Twitter que “los solicitantes de asilo nicaragüenses que huyen de la opresión merecen que sus casos sean escuchados. En vez de eso, son deportados nuevamente al dominio tiránico de Daniel Ortega sin la oportunidad de continuar con sus reclamos”. Y dio un duro martillazo: “La crueldad del presidente Trump realmente no conoce límites”.

Creo que es un mensaje muy claro sobre cómo el candidato presidencial ve al gobierno de Managua, aunque tiene también un tinte electoral; es una declaración que tiene resonancia en Florida, un estado clave con una enorme población latina, pero no por ello es menos genuino.

Michael Shifter, presidente del think tank Diálogo Interamericano y reconocido experto estadounidense en Latinoamérica, aseguró que el líder demócrata es “duro con las dictaduras” y que no cree que haya una apertura hacia el régimen Ortega-Murillo con una nueva administración demócrata, ni que se levanten las sanciones impuestas a funcionarios sandinistas por supuestos actos de corrupción y de violaciones a los derechos humanos.

Suavizar las sanciones “mandaría una señal de debilidad y creo que no hay ilusión sobre lo que significa dictadura en Nicaragua, dictadura en Venezuela. Entonces yo no veo un caso de que se vayan a suavizar las sanciones. Puede haber un enfoque o más atención a esfuerzos diplomáticos”, dijo Shifter en una entrevista reciente con Carlos Fernando Chamorro en Esta Noche.

SANCIONES CON APOYO BIPARTIDISTA

La Unidad de Inteligencia de la revista The Economist predice que una victoria de Biden quitará presión a Ortega. Esto ocurriría porque la nueva administración adoptaría otro estilo y enfoque, y por la obligación de dar prioridad a los inmensos desafíos domésticos que enfrentará – la pandemia, la caída de la economía y las elevadas tensiones raciales.

Sin embargo, analistas locales como José Pallais y José Antonio Peraza piensan que la política dura y las presiones seguirán, porque hasta ahora las sanciones, las leyes como la Nica Act y otras iniciativas legales contra el régimen orteguista cuentan con el apoyo bipartidista. Concuerdo con ellos.

En recientes artículos sobre política exterior, Biden ha expresado su apoyo a la promoción y defensa de la democracia y los derechos humanos en el continente americano, y su deseo de promover y financiar programas de prosperidad y seguridad para Centroamérica.

RÉCORD CONGRESIONAL DE BIDEN – OPOSITOR AL FINANCIAMIENTO A LA CONTRA

En su larga carrera en el Senado – fue elegido por primera vez en 1972 -, el senador por Delaware Joe Biden ocupó puestos muy importantes. Fue presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, del Comité de Asuntos Judiciales y jugó un papel relevante en muchos casos de gran impacto político.

En los años 80, el senador Biden fue un consistente opositor al financiamiento a la Contra nicaragüense propuesto por la administración del presidente Ronald Reagan. En varias ocasiones votó en contra de las solicitudes del Ejecutivo reaganiano.

Esto de ningún modo se pude interpretar como simpatías prosandinistas o hacia un gobierno enemigo de Washington. Era la mitad de los años 80; el recuerdo de Vietnam era muy fresco y el fantasma de la pesadilla estadounidense en el sureste asiático perseguía insistentemente al establishment (hasta hoy lo hace). Muchos demócratas y no pocos republicanos querían a toda costa evitar un nuevo Vietnam y recelaban de un involucramiento a gran escala de los militares estadounidenses en las guerras de Centroamérica, sobre todo en El Salvador y Nicaragua.

Sin embargo, como presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Biden construyó una buena relación de trabajo con William Casey, el director de la CIA y apoyó de buena gana la financiación de muchos programas de operaciones encubiertas de la agencia, entre los cuales se hallaban programas para Nicaragua, según reportes de prensa de la época.

CUBA, VENEZUELA

“El candidato también expresó anteriormente que apoya la imposición de sanciones multilaterales y sobre miembros de la dictadura (venezolana). En marzo de este año, Biden indicó a la publicación Americas Quarterly que “Maduro es un dictador, tan simple como eso”. Pero dijo que Washington no debería “involucrarse en cambios de régimen” sino “presionar para una salida democrática a través de elecciones libres y justas”, según un artículo en el portal Infobae.

En uno de los giros más importantes de la diplomacia estadounidense del último medio siglo, la administración del presidente Barack Obama normalizó las relaciones diplomáticas con Cuba, uno de los archienemigos de Estados Unidos. Como vicepresidente, Biden estuvo de acuerdo con esa política.

En mi opinión, el objetivo de Obama a largo plazo era favorecer los cambios democráticos y más libertades para el pueblo cubano a través de una normalización política y económica de las interacciones mutuas, dado el fracaso de las sanciones de medio siglo en producir un cambio de régimen. Un poco como intentar lograr los efectos de los Acuerdos de Helsinki entre el Este comunista y el Oeste en los años 70, que fortalecieron la distensión de la Guerra Fría y que permitieron presionar a los regímenes comunistas en el tema de derechos humanos y libertades ciudadanas. Sin embargo, el gobierno de Trump ha revertido muchas medidas de la política de Obama hacia Cuba.

En conclusión, nada me hace pensar de que una administración Biden será blandengue con los dictadores regionales. Al final, la promoción de la democracia es y seguirá siendo uno de los principales objetivos tradicionales de la diplomacia estadounidense.

* El autor es periodista y analista.

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