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    El Despacho

    La historia de Roberto Larios, el que una vez fue la voz de los magistrados del régimen, ahora en desgracia

    Voló balas contra la Guardia Nacional, abogado, convertido al periodismo por afinidad, exeditor de Barricada, orteguista y ahora preso político.

    A Roberto Larios no le gustó nunca dar entrevistas sobre su persona. Podría pasar horas hablando sobre un tema judicial o sobre lo que él pensaba de hacer periodismo, pero se negó siempre a hablar de sí mismo.

    “Se jactaba siempre de tener la habilidad de huir de los problemas por hablar mucho”, dice un antiguo periodista que alguna vez por los años 90 compartió días y noches con él en la sala de redacción de un periódico. 

    Nadie puede negar sí, que el hombre tiene mucho que contar: voló balas contra la Guardia Nacional antes de 1979, abogado, convertido al periodismo por afinidad, editor de periódico, antisandinista y sandinista de nuevo, más de 20 años como vocero del Poder Judicial, lideró una gremial de periodistas sin título de comunicador, declarado orteguista hasta los tuétanos y ahora preso político del mismo régimen que defendió radicalmente contra sus hermanos de tinta y papel.

    La detención de Roberto Larios ha causado desconcierto entre quienes junto a él le juran lealtad ciega “al comandante presidente Daniel Ortega” . Buscan respuestas. Tienen miedo de hablar, pero más les aterra saber qué hizo para que se volcaran contra él con tanta saña.

    “Es mejor no saber nada si”, se excusa un militante que por razones de seguridad pide no ser identificado, aunque le duele oír decir que lo han llevado ante un juez esposado y lo acusan de traición. “Increíble lo que le pasa a Roberto”, dice. 

    LE COSTÓ LA CAUSA, PERO…

    La historia de Roberto Larios Meléndez inicia en El Viejo, Chinandega, en una de las casas del barrio Aurelio Carrasco, donde nació un 29 de diciembre de 1960 y hasta donde hace poco, solía llegar y pasarse fines de semanas enteros.

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    Estudió derecho en la Universidad Autónoma de Nicaragua (UNAN), donde también conoció al sandinismo, por entonces una corriente ideológica que luchaba contra una dictadura, sin que nadie imaginara que 43 años más tarde, se convertirían en una que lo enviaría a él a la cárcel, igual que han enviado a más de 200 nicaragüenses que se han opuesto a sus desmanes.

    Roberto Larios (Centro) en una actividad de la Cruzada Nacional de la Alfabetización.

    La diferencia es que Larios Meléndez era de los suyos, se ponía camisetas de militantes, iba a marchas, se rodeaba el cuello con pañoletas de color rojinegro y gritaba vivas a los dictadores que tienen al país echo trizas, dividido, aislado, con 355 familias reclamando justicia por sus muertos desde abril de 2018 y miles huyendo al exilio.

    El 2 de junio del 2018, cuando el país se manifestaba en busca de liberarse del dictador que todavía lo gobierna por la fuerza de las armas, Roberto Larios Meléndez recordó con orgullo que un día como ese, pero de 1979, integró las columnas guerrilleras del sandinismo que atacaron cuarteles de la Guardia Nacional del dictador Somoza en Chinandega, El Viejo y Chichigalpa.

    Lo mencionaba para reclamar a algunos compañeros de aquella columna, que también se levantaron contra el dictador de turno en su tierra natal. “¿Cómo es posible?”, se preguntó muy molesto. Él estaba del lado de la nueva dictadura y no solo eso, la defendía. Hasta dijo que no les tenía miedo. “No lo tuve antes, cuando apenas tenía 19 años”, retó el exfuncionario del régimen que hoy cumple ocho días preso en El Chipote por órdenes de quienes tanto defendió. 

    DE CAZADOR DE ERRORES A PERIODISTA

    Quienes conocen a Roberto Larios Meléndez dicen que pese a que se tomó el periodismo como una forma de vida, nunca dejó de parecerse a un litigante de esos que siempre van a los juzgados con corbata de esas escogidas a última hora y un maletín como a punto de estallar de tantos papeles.

    Un veterano periodista del desaparecido diario sandinista Barricada, lo recuerda como el abogado que Carlos Fernando Chamorro, el director del periódico, contrató para “cazar errores” en las notas judiciales y evitarse líos con víctimas y victimarios que protagonizaban las historias que publicaban.

    En 1991 Roberto Larios Meléndez llegó a ser parte de la redacción del diario y se contó entre los periodistas cuando empezó a escribir artículos y notas. “Tenía la habilidad, no hay que negarlo, le quedaban bien y lo hizo habitual”, dice su excolega. 

    Muy pronto, para 1994, empezó a verse entre la lista editores y se convirtió en un hombre de confianza de Chamorro. Fue nombrado Editor-Jefe de las notas judiciales y reportero asignado a la fuente parlamentaria. Pero esa etapa terminó cuando en 1998, el Frente Sandinista decidió “poner orden en Barricada” debido a que los editores el diario querían sacudirse el color político y aspiraban a sobrevivir como medio competitivo.

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    Roberto Larios cayó con Carlos Fernando y los demás editores, más 21 periodistas que los respaldaban. Barricada naufragó con la dirección que asumió Tomás Borge, el “Chele” Grisby y Julio López, lo que desencadenó demandas en los tribunales laborales de parte de los periodistas y las que fueron atizadas con plantones y protestas de los comunicadores en las afueras de la Secretaría del FSLN y en los tribunales de apelaciones que quedaban entonces por la rotonda Centroamérica.

    En los plantones hacían pintas y quemaban banderas del partido. “Había mucho coraje, eran periodistas sandinistas traicionados por el mismo Frente, Roberto (Larios) fue uno de los que quemó una bandera rojinegra en uno de esos plantones”, contó otro veterano periodista del extinto diario. 

    VOCERO JUDICIAL Y PRESIDENTE DE LA UPN

    Algunos meses después, Roberto Larios apareció como vocero en los juzgados de Managua, recomendado por fichas del Frente Sandinista que empezaban a tener control en el Poder Judicial. Larios estaba de regreso en las filas del sandinismo y con padrinos en el Poder Judicial que lo acompañarían hasta que su suerte se terminó la semana pasada.

    El 14 de marzo 2009, logró la presidencia de la Unión de Periodistas de Nicaragua (UPN) con 116 votos de los 134 que ese día se contaron. Sin ser periodista titulado, sus credenciales del diario Barricada y la vocería judicial, fueron claves para su conquista.

    Desde el primer momento de su investidura entró en controversia con los demás periodistas. Dijo que trabajaría en democratizar a los medios de esa época y acusó a varios de sus colegas de servirle al poder de turno. Ese fue el primero de muchos de sus desencuentros con comunicadores y medios que no compartían su ideología.

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    Larios no desperdició una oportunidad para lanzarse contra ellos. Con el retorno de Daniel Ortega al poder en 2007, se radicalizó. Insultaba con frecuencia a los periodistas, les llamaba “venaderos” por hacer “noticias a la medida de quienes les pagaban”. Dijo que había una “dictadura mediática de derecha” que debía terminarse. 

    En ese trajín, el que fue vocero eterno de la Corte Suprema de Justicia se enfrentó al diario La Prensa a la que acusó de publicar “levantinas, noticias que no verificaban” cuando el diario confiscado y cerrado por el régimen desde el año pasado, publicó en mayo de 2017 una investigación sobre la compra de camionetas para los magistrados.

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    A Roberto Larios los magistrados le dieron la libertad para defenderlos a ellos y al régimen que sirven a capa y espada, sin límites de recursos. Para el 2010, lo nombraron Director General de Comunicaciones de la Corte Suprema de Justicia, creada para unificar las oficinas de prensa y relaciones públicas de ese poder. El abogado devenido en periodista, se convirtió en un poderoso vocero que parecía, como muchos le llaman, eterno.

    Y supo responder. Larios Meléndez hizo de todo por el régimen que ahora lo encarceló. Mintió en su nombre, por ejemplo cuando en 2019 negó la excarcelación de la ciudadana rusa Elis Leonidovna Gonn, que había atacado con ácido a un sacerdote y que fue condenada por ese delito a ocho años de prisión. Leonidovna Gonn fue liberada y deportada a Italia donde vivía en calidad de refugiada.

    Asumió como política del Poder Judicial los lineamientos del régimen contra la prensa independiente, los atacó cuanto pudo y ordenó que a medios que no eran de la familia Ortega-Murillo, se les prohibiera el ingreso a cualquier juzgado del país. Menos que fueran invitados a coberturas en la Corte Suprema de Justicia.

    Pero ni su lealtad de más 20 años, ni su militancia ciega de casi toda una vida le importaron a Ortega y Murillo. “Tal vez su edad de preso de la tercera edad, lo salve. Ojalá”, dice un antiguo amigo de El Viejo. 

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