Me toca ser fuerte nuevamente, con la certeza de que esta crisis no se hará “eterna” como la de Nicaragua.

Por Claudia Espinal Baquedano

ZARAGOZA, España — El mundo está agitado por esta crisis socio sanitaria. Yo, me encuentro en España, llena de miedo, angustia, incertidumbre y tristeza. Lo que acurre a mí alrededor me ha hecho  revivir los recuerdos de abril de 2018, donde solo cabían estos sentimientos.

Todos los días en solidaridad con el mundo, pero en especial con el personal sanitario salimos a las ventanas a aplaudir por esa gran labor que realizan, exponiendo sus vidas por salvar otras. El sonido de cacerolas y bubucelas recuerdan a los días de rebelión cívica en  Nicaragua: ese sentimiento de angustia, de dolor, de sufrimiento se despertó nuevamente en mí.

Me toca ser fuerte nuevamente, con la certeza de que esta crisis no se hará “eterna” como la de Nicaragua.


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Han pasado 20 meses desde la separación forzosa de mi familia, de lo que más amaba: ser maestra, de mis amigos, de una vida de 36 años repleta de experiencias personales y profesionales.

Ahora que estoy en otro país emprendiendo una nueva vida, adaptándome a este lugar, sus costumbres y nuevas personas nos ataca esta crisis de salud que estoy viviendo en primera persona; es difícil para una exiliada sobrellevar esta situación sin tener el refugio y aliento que solo da la familia.

El miedo y la angustia no dejan de perseguirme, porque pienso en mi familia en Nicaragua que está expuesta a este virus con un sistema de salud incapaz de enfrentar esta amenaza.

LO QUE CAMBIÓ LA CUARENTENA

Desde que las autoridades españolas decretaron el estado de alarma no quería salir a las calles. Viajo todos los días al trabajo con una constancia para no ser multada por salir en tiempos de cuarentena. Todo ha cambiado. Ahora subo al autobús por la puerta de en medio, viajan entre 5 y 7 personas, todas dispersas y portando guantes y mascarillas. En el recorrido de la empresa ya nadie habla por miedo a un contagio, si alguien tose despierta sospechas, me siento como si tuviese lepra o algo parecido.

En el trabajo impera la desconfianza a que alguien pueda llevar el virus. Nos colocaron a un metro de distancia, los espacios de trabajo son exclusivos y a diario son desinfectados. Podemos movernos al baño de dos en dos, nadie puede acercarse al otro. A veces no parece real, pero es la cruda realidad como aquel abril.

El regreso a casa es lo peor, porque corro el riesgo de adquirir el Covid-19 y podría afectar a mi hija y pienso que no me lo perdonaría. Sin embargo estoy obligada a trabajar, hay cuentas que pagar y no puedo quedarme en casa.

Por favor, tomen medidas, no esperen un llamado oficial para cuidarse.

*La autora es periodista nicaragüense que reside en Zaragoza, España.

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