Este mal tiempo también despierta solidaridad y gratitud. A las ocho de la noche, toda España se une en aplausos para reconocer a quienes salvan vidas. En este encierro, no todo es malo, hay esperanza.

Han pasado más de 15 días de confinamiento en un 1 piso del barrio madrileño Canillejas. Son los días más dolorosos para España, los muertos superan los 9,000 y la línea de contagios no marca tendencia a la baja. Yo puedo contarles las cosas que veo paciente desde casa.

Hoy Madrid luce apagada, vacía, sin chispa. Su magia está opacada el luto y la incertidumbre de cuándo acabará todo. Los museos y teatros apagaron sus luces y dejaron de llegar visitantes a esos monumentos arquitectónicos que atrapan a quienes pasan por la capital española.

En La Gran Vía ya no hay bullicio ni aglomeración de turistas buscando el mejor ángulo para llevarse la foto junto al Palacio Real, lo mismo pasa en la Plaza Mayor, el Parque El Retiro, y en La Puerta de Alcalá: Solo hay silencio.

La vida se trasladó a los supermercados. Desde que el gobierno de Pedro Sánchez decretó el estado de alarma solo es permitido salir por comida o medicinas. Aunque desde hace 15 días que las personas dejaron de realizar esas compras masivas, ir a los supermercados se ha convertido en lo más parecido a un paseo.

Este mal tiempo también despierta solidaridad y gratitud. Desde el día uno de la cuarentena, a las ocho de la noche, en toda España los ciudadanos salen a sus terrazas para unirse en un aplauso que expresa gratitud por el esfuerzo y dedicación de los funcionarios de salud que luchan para salvar vidas y frenar la pandemia.

También he comenzado a reconocer los rostros de los vecinos que por el ajetreo del día a día antes nunca vi. Ahora, finalmente, veo camaradería  entre los vecinos que se saludan de balcón a balcón cada noche cuando todos salimos a reconocer con los aplausos a los héroes de esta batalla sanitaria global.

Curiosamente antes no había tenido la oportunidad de ver esas imágenes, de vecinos conversando, así que no todo ha sido negativo en este encierro.

Ahora con el confinamiento he ganado los saludos cariñosos de tres vecinos que viven al frente, dos de ellas señoras que pasan los 60 años y que cuentan como familia a su mascota, un perrito mediano al que siempre le permite sacar la cabeza por la ventana para unirse al acto de las ocho de la noche.

“Si se puede” es el grito de ánimo que corean a diario. Mis dos compañeros de piso se suman extendiendo una manta en la que llevan el conteo de los días en cuarentena y que ondean mientras suena de fondo la famosa canción de Diego Torres, Color Esperanza, que se ha convertido en la melodía oficial de todas las noches a las ocho.

Finalmente, les digo que con el confinamiento le hemos dado sentido a las cosas que antes pasaban desapercibidas, así que ha tenido sus frutos positivos, como el desempolvar aquel libro que estaba arrinconado y que hoy se convierte en una gran compañía.  Ya no digamos ver una buena película o una buena serie, por cierto les recomiendo Chernóbil.

“Saber que se puede querer que se pueda, quitarse los miedos sacarlos afuera, pintarse la cara color esperanza…Tentar al futuro con el corazón”, la música suena, llegó la hora de salir y aplaudir por los médicos y el personal de sanidad. Son las ocho de la noche.

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