El hecho de que la defensora que habla para este reporte no quiera que se le identifique públicamente este 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, muestra el alto nivel de represión al que se enfrentan las mujeres en Nicaragua bajo el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. 

En 2022 cumplió 58 años, es socióloga y tiene una maestría en Salud Pública. De las 73 entrevistas que calcula ha dado en toda su vida como defensora de derechos humanos de la mujer, esta es la primera que pide hacerlo bajo anonimato.

Los motivos le sobran. “En Nicaragua, la familia, los amigos, corren peligro”, se excusa. Vive en un exilio que ella misma califica  de  “muy difícil”. “Es una lucha por sobrevivir a otro idioma, al clima, a la ausencia de todo lo que ha sido tu vida”, explica.

Como muchas de las defensoras que han dedicado más de la mitad de su vida a la defensa de los derechos humanos en Nicaragua, principalmente denunciando la violencia hacia las mujeres, un día “se quedó colgada a un maleta” como ella misma lo describe, “sin poder volver”, anota. Fue desterrada de su mismo país. La dictadura no permitió su regreso de un encuentro mundial contra la violencia hacia las mujeres.   


Especial 25N: Defensoras indefensas y mujeres desprotegidas


Asegura que su mayor logro es no tener que callar. “Ha sido difícil mantener esta lucha y la voz en el exilio, pero también es lo que a uno lo mantiene como vivo”, añade. “No volver a casa ha sido doloroso, de repente; tu familia, la gente con la que has trabajado toda la vida ya no está y todo es de repente, no es que un día lo pensaste y planificás irte, solo ocurre y debes acostumbrarte”, cuenta.

LA LUCHA POR UN PAÍS MEJOR

¿Ha valido la pena? –preguntamos—“Esta resistencia es por tener un país mejor. Lo queremos libre de violencia, sobre todo queremos libertad y claro, que podamos decir lo que pensamos”, responde.

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Es importante anotar –señala—que no es que pidamos una cosa que esté fuera de lo terrenal,  o sea es realmente un derecho humano, lo que toda la población queremos es un país sin violencia y con derechos”, argumenta.  

Esta activista advierte que uno de los problemas de la violencia en Nicaragua es que se percibe como un fenómeno con el que se está cohabitando. “Hemos analizado una aceptación de la violencia desde las casas, desde las instituciones de poder, se vive violencia en todos lados y a niveles alarmantes”, advierte.

Explica que hemos pasado de la violencia intrafamiliar al femicidio, pero además señala que hay violencia política. “El femicidio es una expresión de violencia, la más terrible de todas, pero también representan la violencia el tener a 22 mujeres presas políticas”, critica.

“Nicaragua no está bien”, dice con su hablar pausado y característico de conferencias de prensa que en el pasado dio en actividades del Movimiento Autónomo de Mujeres (MAM).  Agrega que el país está en deuda con sus ciudadanos que han visto agonizar sus derechos en la última década y que ha empeorado de forma crítica en los últimos cuatro años.

“Sorprende la sinrazón de una dictadura que elimina por docenas a organizaciones, que la desarticula cuando su único trabajo ha sido apoyar a las comunidades,  a las mujeres y niños de esa comunidad donde las instituciones no llegan”, crítica.

LA LUCHA SIN CUARTEL DE LAS MUJERES DEFENSORAS

Recordó que esas organizaciones trabajaban principalmente para reducir la violencia. Ha sido muy difícil mantener la defensa de las mujeres en los territorios, recalca.

“Todo lo que es expresión de defensa de derechos humanos está criminalizado, entonces es difícil y una mujer que sufre violencia también se encuentra en el dilema de ir a poner la denuncia a una institución que a su vez ejerce violencia contra la misma población”, explica refiriéndose a la Policía Orteguista.

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Sabe que hoy es un día especial. El mundo conmemora el Día Internacional por la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, pero cree que en las comunidades alejadas de Nicaragua será como un viernes más.

“El gran desafío para nosotras de las defensoras, tanto las que están en el país como las que nos hemos ido forzadas, es ganarle al femicida y arrebatarle la vida de la mujer que quiere acabar”, dice la activista.

Si no lo logran, crecerá la fría estadística. “Y claro, el país entero pierde”, advierte.