Campesina fue amarrada a un caballo, arrastrada y golpeada hasta morir
La Concha, una remota comunidad del municipio de El Rama, en la Costa Caribe Sur, fue estremecida este viernes 12 de septiembre por un femicidio que elevó a 40 la cifra de mujeres asesinadas en Nicaragua en lo que va del año.
La víctima fue identificada como Migdonia Téllez Peña, de 54 años, campesina que perdió la vida tras ser atacada con inusual violencia por Pedro Pablo Obando Silva, de 34 años, en plena vía pública.
Según medios locales, el agresor golpeó a la mujer con un palo hasta derribarla y, posteriormente, la amarró de los pies para arrastrarla con un caballo a lo largo de la comunidad.
Los vecinos, alarmados por los gritos de la víctima, presenciaron el arrastre que prolongó su agonía. Finalmente, el hombre descendió del caballo y continuó golpeándola hasta causarle la muerte.
El agresor regresó luego a su casa, donde fue detenido minutos más tarde por la Policía.
Versiones extraoficiales señalan que existían conflictos previos entre víctima y agresor por la compraventa de un toro. Sin embargo, el caso evidencia cómo disputas personales se transforman en violencia letal contra las mujeres en un contexto de impunidad.
Este asesinato se suma a los tres femicidios registrados en septiembre, en un año en que la crueldad de los métodos utilizados por los agresores confirma el alto nivel de riesgo que enfrentan las mujeres en Nicaragua.
La impunidad como mecanismo perpetuador
En Nicaragua, la impunidad en casos de violencia hacia mujeres agrava el riesgo. Datos de Despacho 505 y La Lupa muestran que entre 2018-2024, solo alrededor del 24 % de los agresores han sido condenados como femicidas.
Esto significa que casi 3 de cada 4 casos no llegan a condena, lo que refuerza la sensación de que cometer violencia grave tiene pocas consecuencias.
En ese contexto, episodios extremos como arrastrar a una mujer amarrada a los pies de un caballo se vuelven casi una manifestación pública de poder, humillación y terror que busca también marcar territorio: decir “yo puedo”, “no me van a detener”. Esa dimensión simbólica y brutal está presente en muchos femicidios, más allá del daño físico evidente.



