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Rosario Murillo, la autoritaria que ha hecho lo que sea para alcanzar la presidencia de Nicaragua

Un reportaje que analiza con expertos en sicología algunas de las acciones de la primera dama en su objetivo de ser la segunda mujer en alcanzar la primera magistratura del país. Se ubicó en la línea de sucesión directa de Ortega en 2016, pero desde 2018, dicen los analistas, la posibilidad de que sea presidenta es más lejana.  Cogobierna junto a Ortega con mano de hierro.

El 2 de agosto del 2016, faltando pocos minutos para el cierre de la inscripción de candidaturas presidenciales para los comicios de ese año, la primera dama Rosario Murillo Zambrana, catalogada por sus críticos como una mujer controladora y tiránica, sintió que se acercaba un poco más a su anhelado sueño: ser la segunda mujer en ocupar la presidencia de Nicaragua.

Al inscribirse esa tarde como candidata a vicepresidenta, acompañando en la boleta a Daniel Ortega, su esposo y jefe directo, (siendo ella funcionaria de Gobierno), Murillo Zambrana se colocaba en la línea de sucesión directa de Ortega, pero además, quedaba a un paso de ser la candidata oficial en las elecciones de 2021, si lograba maniobrar de modo eficiente.

“Ella logró imponerse al Ejército para que la inscribieran en el último minuto”, afirma la periodista Sofía Montenegro, quien conoció a Murillo Zambrana en los años 80, y la recuerda como alguien con una personalidad “altamente controladora” e “invasiva”.

Si los sucesos de abril de 2018 dejaron un perdedor neto, esa es Murillo Zambrana. El economista y sociólogo Óscar René Vargas opina que “ella es la que salió perdiendo. La derrota política es para ella, que había preparado todo para la sucesión. A partir del 2018 se descontroló y por eso habla de esa forma, porque sabe que ya no tiene chance” de alcanzar la primera magistratura.

Pese a que es fácil imaginar al matrimonio presidencial acudiendo una vez más a inscribir la fórmula Ortega Murillo para otros cinco años más, Vargas duda que ella “vaya a seguir siendo su vice, porque ya no suma. Él necesita un personaje que le dé cierta ‘credibilidad’ en el sector privado, como (Jaime) Morales Carazo en su momento, o como (Omar) Halleslevens para tranquilizar al Ejército”.

En 2016, ella lo acompañó en la boleta “para preparar la sucesión, porque él (Ortega) está enfermo, y quieren preservar a sus hijos”, pero con todo lo que ha pasado a partir del 2018, Vargas se pregunta cuál será la fórmula a implementar. “Seguir con ella de vicepresidenta sería un error político. Él deberá buscar a alguien diferente”, opina.

¿APRENDEN DE OTROS DICTADORES?

Las personas entrevistadas para preparar este reportaje –dos hombres y dos mujeres que tuvieron diversos grados de relación con Murillo Zambrana a lo largo de las décadas, y que jugaron algún papel durante el ‘período revolucionario’ de los años 80, la describen como una persona impulsiva, que necesita sentir que lo controla todo, dispuesta a hacer lo que sea para cumplir sus objetivos.

Lo interesante es que dos sicólogos que nunca han tratado con ella, y que solo conocen su faceta pública, (igual que el común denominador de los nicaragüenses), también la describen de esa manera, explicando que muchos componentes de su ‘estilo de mando’, son comunes a otros dictadores de estas y otras latitudes y tiempos.

Estas personas autoritarias tienen muchos elementos en común. Uno de ellos es “desechar todo lo que le haga competencia (real o no) a su poder. Los separan. Los excluyen. Los eliminan, si es necesario. Lo hacía Fidel Castro en Cuba; lo hizo Stalin con Trotsky y otros más, después de la muerte de Lenin, en la Unión Soviética”, explican desde el anonimato que les permite esperar que no serán objeto de represalias.

“Son mecanismos similares que se repiten en la historia; no sé si porque leen las biografías de los dictadores que les precedieron, o es la intuición de las personas autoritarias, para mantener su línea de poder. Grandes dictadores han tenido características similares, como hacerse generar admiración demostrando amor a los niños”, explican.

“Su forma de ejercer el poder guarda similitud con la de otros gobernantes totalitarios del continente”. En el fondo, lo que buscan es “llamar la atención en aquellos ejes a los que la gente da relevancia, y aunque no hagan nada para solucionarlo, sí les sirve para fomentar la narrativa oficial”, precisan.

Rosario Murillo y Daniel Ortega viven desde 2018 su peor crisis política.

INTELIGENCIA Y MALDAD

Los caminos de la abogada Vilma Núñez de Escorcia, se cruzaron tres veces con los de la Murillo Zambrana. La primera vez en 1975, cuando se realizó un encuentro con mujeres escritoras en la Universidad Nacional Autónoma (UNAN-León), a propósito del Año Internacional de la Mujer. “Ahí la conocí personalmente, pero solo hubo el intercambio que era necesario en el marco de la actividad”, rememora.

“Después de la derrota electoral del Frente Sandinista en 1990, comencé a notar que ella escribía en Ventana, unos artículos horriblemente ofensivos, en contra de doña Violeta Barrios de Chamorro, con un lenguaje…”, se contiene para no tener que repetirlos.

Un poco más adelante en esa misma década “me invitan al primer congreso del Frente, en el ‘Olof Palme’, donde fui parte de la Comisión Electoral. Rosario Murillo organizó una oficina propia, independiente de la de Daniel Ortega. Ella no tenía la aceptación de los congresistas, y perdió. No la eligieron miembro de la Asamblea Sandinista, que es a lo que ella aspiraba”.

La tercera vez fue en 1998, cuando el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, decidió llevar la defensa de Zoilamérica Narváez, la hija de Rosario Murillo, que acusó por violación a su padrastro, Daniel Ortega.

Rosario “llegaba y llegaba a pedirnos que no la defendiéramos. Me decía ¿cómo es posible que vos con tu trayectoria y tus antecedentes de lucha, vayás a defenderla? Que la defiendan los somocistas, porque esa es una trama somocista… es un plan de la CIA”, argumentaba.

Ya alejada de todo contacto, Núñez opina con base en las decisiones y los discursos de Murillo Zambrana que “solo veo a una persona irracional”. ¿Cómo toma esas decisiones? ¿Qué la inspira en ese momento para salir a insultar? ¿Lo planifica? ¿Lo escribe?”, se cuestiona.

La abogada define lo que observa como “actitudes de una persona desesperada que sabe que está en un callejón sin salida. Que no puede lograr sus objetivos. Su comportamiento es anormal. Nunca he conocido a ninguna persona con esas características; ese desafío a todos, y no aceptó que digan que está loca, pero sí que ha perdido cualquier pensamiento lógico”.

Aunque no se pronunciaron sobre este tópico, los sicólogos consultados sí dijeron que Murillo Zambrana “es inteligente y muy laboriosa para hilvanar los hilos del poder. La inteligencia y la maldad no están reñidas. Se puede poner al servicio del mal, y aquí tenemos un ejemplo. Tiene potencial para pensar políticamente, para dirigir. Lástima que use ese potencial para el mal”, lamentaron.

EL PELIGRO DE PENSAR

En 2007, el economista y sociólogo Oscar René Vargas, estaba propuesto para representar a Nicaragua, ante los organismos internacionales acreditados en Ginebra, (Suiza), “pero luego, Daniel Ortega decidió enviarme a Francia, para coordinar a los embajadores en Europa. Los franceses me aceptaron en el tiempo récord de diez días. En parte, por mi currículo, pero también porque hablo francés, y porque viví un tiempo allá”, detalla.

La noticia de que era el nuevo embajador en Francia se filtró en los medios, lo que motivó que le hicieran una entrevista, en donde narró que su padre siempre le dijo que ‘pensar es peligroso’. El diario usó esa frase como título, “haciendo girar la entrevista alrededor de esa idea”. Unos días después le cancelarían el nombramiento, demostrando que su padre siempre tuvo razón.

Vargas asegura que “la familia anduvo diciendo que me quitaban del cargo porque yo pedía 10,000 dólares mensuales, lo que no es cierto, y así lo expliqué en televisión. Yo sé que fue ella la que hizo que me echaran, porque me lo filtró alguien del círculo cercano al poder”.

En 2018, el sociólogo hizo un análisis en el que detalló cinco escenarios posibles de salida a la crisis, uno de los cuales era “que la gente se desbordara y se fuera al Carmen”.

La frase fue erróneamente interpretada como una invitación al magnicidio, y Vargas supo, gracias a la misma fuente de una década antes que “ella pidió que me echaran preso; Ortega no quiso al inicio, pero al final ella lo convenció. Yo pude salir del país a tiempo, así que cuando me buscaron en casa de mis familiares, yo ya no estaba ahí”, recuerda.

Los sicólogos explican que este tipo de comportamiento en el que la disidencia se castiga inmediatamente (así sea solo con un maltrato verbal hacia sus subordinados), es una forma de ejercer dominio y control sobre los demás.

“Cuando maltratas, se consiguen dos ‘ganancias’: la advertencia que se le hace a ese subordinado, pero también a los otros, que ya saben que si se equivocan les puede pasar eso mismo. También hay ganancia individual para ella, porque refuerza la idea de que siempre tiene la razón. Contribuye a generar una imagen de que es omnisapiente, y que siempre tiene la idea correcta”, explican.

 

 

Ella siempre fue muy controladora, y se rodeaba de gente leal. Desde el Estado, manejaba las relaciones públicas de Daniel

Fuente cercana a Murillo.

 QUEDANDO BIEN CON DINERO AJENO

Un exmiembro del partido, que la conoció hace varias décadas “sin ser su amigo cercano”, recalca, pudo compartir con ella en diferentes situaciones, siendo con él “de lo más cortés y atenta”, aunque no se ven en persona desde poco antes que Ortega retomara el poder en 2007.

“Ella siempre fue muy controladora, y se rodeaba de gente leal. Desde el Estado, manejaba las relaciones públicas de Daniel”, dice usando la forma cercana con que se dirigen a él, los que conocen a Ortega, o creen que él los conoce a ellos. Murillo “entregaba muchos regalos de navidad a una lista enorme de gente”, donde había desde niños, hasta jefes de Policía.

Los periodistas, aún los independientes, fueron objeto de esa ‘generosidad’ en diciembre del 2006, (cuando Ortega era solo el presidente electo), y luego en los primeros años de su Gobierno, hasta que ella se convenció de que no podría salvar ese abismo vía regalos, y los inscribió en el bando de los enemigos.

“Eso muestra el tipo de relación que ella establece: prebendaria, que promueve agradecimiento. Quiere que digan que todo es “gracias a Dios, al comandante y la compañera”, y eso no es un hecho aislado, sino que es parte de cómo establece sus relaciones. Es quedar bien con plata ajena”, sintetizó.

Murillo “tiene una visión que personaliza la política, las relaciones de Estado, y hace que todo eso dependa de su buena voluntad y su marido. Vemos que la gente recibe su salario, su aguinaldo, o un tratamiento médico, y agradece ‘al comandante y a la compañera’. Es una manera de ensalzar figuras de liderazgo, y construir la política alrededor de las relaciones con los súbditos”, añade.

Este exmiembro del partido, dice de Murillo Zambrana que “es muy trabajadora. Está metida en el detalle de todo, opuesto a Ortega. Comenta los documentos oficiales que recibe, de su puño y letra al pie de página”, asegura.

Ese afán de controlarlo todo “se refleja en los informes que ella da todos los días, en su ‘homilía’ diaria. Es una manera de estar presente en todas las manifestaciones políticas. Es una visión de tener siempre el control. Los alcaldes tenían que presentarle sus planes de trabajo y mostrarle las evaluaciones de lo que habían ejecutado”, recuerda.

Él está convencido de que “por eso vemos a la Policía controlando a los opositores en sus casas, porque ella quiere demostrar que puede ejercer su poder en todo el país. Los epítetos y calificativos con que denigra diariamente a la oposición, son una manera de descalificar a la persona, pero no van al fondo del problema, que es político, y de lucha por el poder”.

“Otra línea de transmisión es su ‘gota’ al mediodía, donde usa conceptos para confundir, pero también para deshumanizar al contrario. Muestra una gran capacidad para manejar lo que sucede en el país, y para poner el dedo en la llaga”, señalan los profesionales de la sicología.

“Ofender a opositores, hasta el punto de decirles que no son humanos, es una forma de mostrar su debilidad, pero también de transmitir a sus oyentes la idea de que los opositores no son humanos”, como lograron con éxito los nazis en la década del 40, o los hutus, en la Ruanda de 1994.

“Es lo que se hace cuando se intenta crear animadversión racista en contra de determinados grupos sociales, tratando de destruir a quienes percibís como un rival con fuerza. Las personas racionales, negocian; los ambiciosos destruyen”, aseguraron.

 

Ortega Murillo
Rosario Murillo y Daniel Ortega.

 

EN BUSCA DE LA VIDA PERDIDA 

La periodista Sofía Montenegro dice que Murillo “siempre ha sido controladora”, recordando la época en la que la entonces ‘compañera’ de Daniel Ortega, logró arrancarle al poeta Ernesto Cardenal la dirección del suplemento ‘Ventana’, que se elaboraba en conjunto con el Ministerio de Cultura, y se publicaba en el Diario Barricada.

“Ella lo invadió todo. Su personalidad es completamente invasiva. Empezó a escribir uno, dos, tres artículos, y cuando vimos ella escribía todo el suplemento. Hablaba de lo que se le ocurriera, así que los que no comulgaban con ella se fueron yendo”, rememora Montenegro.

Ya en esa época le resultaba evidente que ella imponía la agenda y trataba de controlar todo, y aunque “no tenía el poder que tiene ahora, en esencia, es la misma conducta de acaparamiento, afán de protagonismo, y lo que ha conseguido es un reconocimiento negativo. Nadie la puede ignorar porque tiene un enorme poder, y está en todos lados, mañana, tarde y noche”, analiza.

Si puede lograr esa aparente omnipresencia, es porque “es obsesiva compulsiva”, aunque reconoce que “tiene una enorme capacidad de trabajo que no tiene Daniel Ortega y nunca la ha tenido. Su motivación es que tiene una voluntad de poder, mucho más grande que la del propio Ortega, que tiene bastante”, añade.

Basada en lo que se conoce que Murillo Zambrana dice y hace, la periodista señala que la vicepresidenta “no tiene empatía con nadie. Es una persona amoral. Su ausencia de empatía la convierte en una persona sin escrúpulos, como lo ha confirmado en los últimos años”.

Ella ha destacado en ese afán de protagonismo, con una determinación extraordinaria para escalar, incluso por sobre los propios amigos de Ortega, o de cualquier comandante. “Ella cree que todo el mundo es un enemigo potencial, que cualquiera puede traicionarla, porque sabe que no es querida por nadie… ni siquiera por los aduladores que tiene a la orilla”, aseguró.

Aun así, la comunicadora cree que “ella no tiene mucho contacto con la realidad, sino muchos informantes que la mitad de lo que le informan es lo que ella quiere oír. Ambos están desconectados de la realidad del país. ¿Hace cuánto salió de Managua a una visita de trabajo, una reunión de gabinete, a hablar con la gente? A Niquinohomo, tal vez, pero no más, y eso era así desde mucho antes de la pandemia”.

Los dos sicólogos coinciden con esa visión de un matrimonio presidencial que solo se conecta con la realidad a través de los informes oficiales (y los de inteligencia) que reciben, mientras ellos vivían protegidos en una burbuja de seguridad en la que se sentían intocables.

Ese espejismo se resquebrajó en abril del 2018, y si bien la inercia les ha permitido volver a su burbuja, “ya no es igual que antes. Sienten que su seguridad está minada; que no existe un piso que no se mueva”, revelan.

Su análisis señala que los golpes más fuertes a esa falsa idea de seguridad fue la instalación de los tranques, el derribamiento de los ‘árboles de la vida’, los cuestionamientos en la primera sesión del diálogo… saben que la población ya no está con ellos, más allá de lo que les digan las encuestas de M&R”.

A pesar de sus esfuerzos por volver a la falsa normalidad del 17 de abril del 2018, tanto Ortega como Murillo saben que su nueva burbuja es “más penetrable. La prueba es hasta dónde ha aumentado el cordón de seguridad alrededor de su residencia, en su afán de reconstruir esa burbuja”, explicaron.

LA GRAN HERMANA Y SUS ÁRBOLES DE LA VIDA

Quizás la vicepresidenta Rosario Murillo Zambrana, que cumplirá 70 años en junio de 2021, no haya leído las biografías de otros dictadores, como sugerían los dos sicólogos citados antes, pero la observación empírica parece demostrar fehacientemente, que sí leyó ‘1984’, la celebrada novela de George Orwell.

Ella es, desde luego, “la Gran Hermana, que trata de estar omnipresente a través de sus medios; de centralizar la información a través de lo que pasa. De demostrar que lo sabe todo y lo controla todo”, comparan.

En ese esquema cabe de todo: superstición, religión, monumentalidad.

“Utilizar recursos mágicos, el esoterismo, cala en la gente. Muchos le tienen miedo por temor a lo diabólico. La estrella del 19 de julio era a propósito para meter en miedo a quienes creen en esas cosas. Meter miedo es muy importante en esta coyuntura, más cuando estás en desventaja numérica. Usar la creencia en las fuerzas oscuras, surte un efecto de miedo en la gente”, explican.

También usan la religión “porque saben que la mayor parte de la gente en Nicaragua es creyente y sus creencias son el principal marco de referencia a partir del cual la gente entiende su vida y su mundo. Es una forma para intentar tener más legitimidad, esperando que la gente diga: “Si estas personas son buenos cristianos, deben de ser buenos gobernantes, entonces, no debe de ser cierto eso que dicen de que asesinaron a más de 300 personas”, explicaron.

Por otra parte, los ‘árboles de la vida’, eran monumentos gigantescos, pensados para tratar de demostrar un gran poder, y que la gente se sintiera pequeña en su presencia. Por eso, que la gente tirara los árboles “le dolió, porque estaban minando su obra. Eso debe haber alterado su mente, que estaba en la burbuja donde transformaba la realidad, al recibir un mensaje muy claro: No estás tan bien plantada como creías”. 

Los árboles de la vida, su obra, se cayeron.