Vemos con desesperanza cómo el personal de salud se enfrenta al COVID-19 sin los recursos materiales indispensables y cómo exponen sus vidas cumpliendo con su juramento.

Nos encontramos sumidos en momentos trágicos de nuestra historia, viendo al mundo paralizado por una pandemia que ya lleva cientos de miles de muertos y amenaza con destruir las economías, llevándonos a una etapa de depresión que no se había visto en décadas.

Mientras en Nicaragua pareciera que vivimos una novela de ciencia ficción, donde la prioridad no es apoyar a quienes están sufriendo o evitando la enfermedad, sino quién acusa más al otro y cómo se puede sacar ventaja política de la desgracia ajena, cuando el único responsable es el régimen, que promueve el contagio y arriesga la vida de todos.

Vemos con desesperanza cómo el personal de salud se enfrenta al COVID-19 sin los recursos materiales indispensables y cómo exponen sus vidas cumpliendo con su juramento. Y así, poco a poco, la pandemia avanza, el temor se apodera de todos, y el tiempo de vida que nos queda a algunos quizá no sea suficiente para ver un amanecer en libertad.

A lo largo de nuestra historia, como consecuencia de desastres naturales, guerras y represión, hemos perdido miles de hermanos nicaragüenses, y en esta crisis sin duda perderemos a muchos más. Pero lo que no podemos perder es la fe y la esperanza, porque es precisamente en medio del dolor cuando más fortaleza debemos tener, cuando debemos comprender que para ganar estas batallas debemos enfrentarlas con valentía, unidos por el objetivo de darnos a todos una nueva oportunidad para vivir en democracia.

Es momento del llamado a la unidad, pero no solamente para la conformación de una verdadera alianza de oposición, sino a la unidad de todos los nicaragüenses, para enfrentar juntos a la pandemia y a la dictadura, una dictadura que, con tal de aparentar control y normalidad, no ha dudado en usar a su propia militancia como carne de cañón frente a la pandemia.

Quienes históricamente se han identificado con el sandinismo, lo hicieron uniéndose hace medio siglo a la lucha contra una dictadura que encendió la llama de la libertad en el corazón de miles, sin sospechar siquiera una dictadura peor.

Hoy hacemos un llamado también a quienes se identifican como sandinistas, a que abran los ojos y acepten la realidad de un régimen que se aferra al poder a cualquier precio, inclusive arriesgando la vida de sus seguidores, convirtiendo en un triste recuerdo lo que un día fue para ellos motivo de orgullo.

Hoy hacemos un llamado también a quienes se identifican como sandinistas, a que abran los ojos y acepten la realidad de un régimen que se aferra al poder a cualquier precio, inclusive arriesgando la vida de sus seguidores, convirtiendo en un triste recuerdo lo que un día fue para ellos motivo de orgullo.

Y cuando el dolor por la pérdida de un ser querido los obligue a reaccionar, ojalá tengan la claridad de reconocer sobre quienes pesa la culpa y de ponerse a trabajar para tener un gobierno democrático que, aunque no sea perfecto, al menos les garantice sus derechos como ser humano.

Nicaragua cambió después del 18 de abril; y esta experiencia dolorosa de la pandemia debe seguirnos cambiando a todos para que surjan las mejores cualidades del ser humano. La política debe transformarse, para renacer como expresión de las aspiraciones del pueblo, basada en los valores políticos, éticos y espirituales que han permitido a muchas naciones dejar atrás el conflicto inútil, progresar y garantizar una vida mejor a sus ciudadanos.

Como punto de partida debemos estar claros de que nadie es dueño de la oposición ni puede pretender gobernar por derecho propio, sino que debemos enfocarnos en crear las condiciones para que todos podamos decidir en las urnas quienes habrán de representarnos dignamente, con honestidad y convicción, en esta nueva etapa de la historia, para poner punto final a las traiciones y pactos que nos han empobrecido y sojuzgado.

Es momento de concentrar nuestras energías en construir verdaderas alianzas, momento para reconocer a la juventud y a los campesinos, sectores valientes e ignorados que representan lo que somos y lo que queremos ser, y que son la esperanza de una Nicaragua distinta.

Cuando entendamos que la vida es efímera y que lo que hagamos o dejemos de hacer tendrá consecuencias perdurables, quizá entonces aceptemos que lo importante es heredar un país en paz, justicia y libertad, en el que el bien de la mayoría esté por encima del bienestar de unos cuantos.

Managua, 19 de mayo de 2020

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