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“Van ganando, van ganando”

Cualquier reflexión seria sobre el futuro de la oposición de Nicaragua en la época postfarsa electoral debe comenzar por enfoques y análisis realistas

La dictadura ha llamado falaz, calumnioso e injerencista al Ministerio de Relaciones Exteriores de España. EFE / D505

Daniel Ortega está hoy en control absoluto de la situación en Nicaragua. Veamos los hechos.

Los principales precandidatos presidenciales que podrían haber supuesto una amenaza a su poder han sido arrestados, así como otras figuras destacadas que son líderes empresariales, políticos disidentes, abogados, defensores de derechos humanos y periodistas. La represión policial y paramilitar han impuesto miedo y tiene ahogada por ahora la protesta social. Los verdaderos partidos opositores han sido puestos fuera del juego; el periodismo independiente ha sido severamente golpeado.

El dictador ha demostrado fehacientemente que está dispuesto a pagar cualquier precio en términos de aislamiento internacional y de repudio. Resiente y ataca las sanciones para su familia, su camarilla y destacadas figuras del régimen, pero prefiere tragárselas antes que permitir elecciones libres y justas, con juego limpio. Sabe muy bien que ni Estados Unidos, la Unión Europea, la OEA y muchos países latinoamericanos no reconocerán el resultado del 7 de noviembre que. será, en esencia, una crónica de una farsa anunciada.

La oposición verdadera está desarticulada, neutralizada y sus líderes están en la cárcel o han debido huir al exilio. Comenzarán pronto las farsas judiciales de inspiración estalinista-castrista con cargos absurdos, espurios, para los aspirantes arrestados. En doscientos años de independencia, está por empezar a escribirse uno de los capítulos más vergonzosos del autoritarismo político nacional. Otra clara muestra del triste y trágico fracaso republicano de Nicaragua.

Decenas de miles de nicaragüenses están en el exilio, viviendo a diario existencias plagadas de dificultades económicas, inseguridad, incomprensión, soledad y xenofobia en distintos continentes.

La economía del país avanza en su progresivo deterioro; la falta de solución a la crisis política iniciada por la rebelión cívica de abril de 2018 y su salvaje aplastamiento impide hallar salidas efectivas a la crisis económico-social que se ve agravada por la falta de control de la pandemia de la covid-19. Sin embargo, no se puede hablar de un colapso económico de gran alcance en el presente, y este factor sin duda ayuda al gobierno sandinista a mantener el control.

La oposición, o mejor dicho, lo que queda de ella, tiene el formidable reto de reorganizarse y repensarse. Es un desafío enorme dada la efectiva represión interna y la inexistencia de libertades políticas, la dispersión y la atomización de los grupos de exiliados que se agrava por las imperiosas necesidades de sobrevivir en nuevas sociedades, y hasta la coyuntura internacional no favorece la causa de la democracia y la libertad de nuestra nación.

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La atención mediática mundial no muestra interés por Nicaragua. Los medios internacionales actúan según la lógica implacable de centrar su atención en los acontecimientos en los países más influyentes, y solo se ocupan del mundo en desarrollo cuando hay catástrofes naturales o hechos políticos violentos. O de acontecimientos como la retirada de EE.UU. de Afganistán y la reconquista del poder por los talibanes, símbolo del fracaso estrepitoso de 20 años de ocupación occidental.

A corto plazo, todos los círculos opositores deben rechazar categóricamente la farsa de noviembre y la reelección de Ortega, o cualquier forma de continuación del orteguismo. Luego deberá pasarse a definir las acciones posteriores y una estrategia común interna y externa.

En su programa, el comentarista Jaime Arellano solía decir con mucho optimismo allá por 2018 y 2019: “Vamos ganando, vamos ganando”. Es hora de ser sinceros y hay que admitir que, por ahora, Daniel Ortega y Rosario Murillo van ganando. De allí debe comenzar toda reflexión seria.

Van ganando, sí, pero no será todo el tiempo, pues la continuación del régimen se asienta solo sobre la fuerza. No tiene ideas ni soluciones sostenibles de largo o mediano plazo para los grandes problemas del país. Carece de legitimidad política y moral. Hitler decía que el Reich nazi duraría mil años. Y no duró ni 15 años. Son lecciones de la historia.

*El autor es periodista, exeditor de los diarios La Prensa, El Nuevo Diario y Metro. Analista de temas del Asia-Pacífico.

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