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Óscar Navarrete, el fotógrafo de guerra que anhela retratar a una Nicaragua democrática

El veterano fotógrafo ha retratado la historia de los últimos 40 años de Nicaragua: desde la cruda guerra de los 80 hasta la brutal represión del régimen orteguista en 2018. “Fueron dos escenarios distintos pero con el mismo propósito: dolor, muerte, pérdida, exilio”.

El fotógrafo nicaragüense Óscar Navarrete en una imagen de archivo.
El fotógrafo nicaragüense Óscar Navarrete en una imagen de archivo. CORTESÍA / DESPACHO 505
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José Denis Cruz
  • mayo 14, 2024
  • 01:50 AM

Óscar Navarrete aún guarda la mochila y las botas negras y la camisa y el jean azules con las que llegó a Costa Rica la madrugada del 9 de julio de 2022. El cruce fronterizo de aquel día fue el final de una operación de extracción para ponerlo a salvo tras una cobertura periodística que molestó al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, pero también fue el inicio de un doloroso exilio no sólo de él, sino de todo el personal del diario La Prensa. “Tengo esas prendas como un museo porque significan mucho para mí, porque representan el paso a la libertad”, dice el fotógrafo que cuenta con más de 40 años de experiencia y que ha registrado con su lente la historia reciente de Nicaragua. La noche del 6 de julio, tres días antes de huir de Nicaragua, recibió una llamada de su jefe* para advertirle que la Policía Orteguista había emprendido una cacería para arrestar al equipo periodístico que dio cobertura a la expulsión a la frontera de Costa Rica de 19 religiosas de la orden Misioneras de la Caridad, fundada por madre Teresa de Calcuta. 

El reportero gráfico tuvo que esconderse por tres días para evitar ser capturado. Primero en Managua y luego en otro departamento de la región central donde esperó a dos colegas más para abandonar juntos el país. Su vida corría peligro. A las pocas horas de su huída, en la madrugada del 7 de julio, varias camionetas policiales del régimen llegaron a su casa en Managua con decenas de agentes armados con AK-47. Rompieron los portones de la vivienda, allanaron las de sus vecinos y revolvieron todo lo que encontraron a su paso. “Mi mamá entró en un shock nervioso por lo que perdió la memoria en dos ocasiones”, cuenta Óscar Navarrete desde la provincia de Heredia, Costa Rica. A la operación “extracción” de Navarrete, le siguió la de decenas de periodistas, fotógrafos y administrativos del diario fundado en 1926 y cuya edición digital se produce ahora desde San José, Ciudad de México y Miami.

Óscar Navarrete es uno de los fotógrafos más reconocidos de Nicaragua. A lo largo de su vida profesional, que inició a los 15 años en el Ejército Popular Sandinista, vio nacer varios diarios ahora extintos y colaboró para las agencias de noticias Reuters y AFP. Por cinco años cubrió la guerra de la década de 1980 entre sandinistas y contrarrevolucionarios. Y en la corta vida democrática de Nicaragua (1990 - 2006), registró la violencia política desatada por Ortega, pese a que el país había dejado atrás los oscuros y sangrientos días bélicos. Su carrera, por tanto, ha estado marcada por la violencia, la muerte y el dolor. No en vano anhela ser testigo de otra Nicaragua, una en la que la democracia sea el pilar de la sociedad. “Quiero ser un fotógrafo de paz”, dice a sus 55 años. Desde Costa Rica espera el día en que pueda volver a Nicaragua usando la misma vestimenta con la que cruzó la frontera. Recientemente, Navarrete presentó el libro “Mi nombre es abril” en el que recoge 47 de las más de 5,000 fotografías que captó durante más de 220 actividades de 2018 a 2024. “Mi libro es una contribución a la historia y memoria del pueblo nicaragüense para que no olvidemos la Rebelión de Abril de 2018”, dice.

 

¿Cuán difícil fue para vos seleccionar solo 47 fotos?

El proceso de edición siempre es difícil. Tuve cuidado con los rostros de las personas que aparecen en las imágenes y que aún siguen en Nicaragua. Salir en esas fotos es un peligro porque podrían ser criminalizadas por el régimen. Muchas imágenes que capté desde 2018 aportan mucho a la memoria, pero tuvieron que quedar fuera, así que tendrán que esperar para cuando tengamos una Nicaragua en paz. 

¿Qué emociones te invaden al seleccionar estas imágenes para tu libro? Fue como revivir esas escenas horribles de nuestra historia reciente…

Siempre me invade el dolor. Mi corazón se entristece cada vez que llega abril. Escoger, editar, y revivir esas escenas me desgastan emocionalmente. En ese libro van trozos de mi alma.

Aparecen unas imágenes de madres en las afueras de la cárcel de tortura El Chipote, en Managua, y me hacen pensar en un escenario de guerra, como cuando los familiares van a los comandos militares a preguntar por sus hijos, esposos...

Lamentablemente, la historia de Nicaragua es cíclica. En Masaya, Managua y el Norte, durante la dictadura de Somoza [1936 - 1979] y la guerra de los 80, la gente iba a las estaciones militares a preguntar por sus hijos. Es la misma historia que ves en las fotos con los mismos resultados. 

¿Dolor? ¿Muerte? Aunque parecen imágenes en tiempos de guerra, en 2018 no lo estábamos. Era un pueblo con banderas contra policías y paramilitares armados… 

Totalmente. Lamentablemente, tenemos 90 años de estar en dictadura. En 1934 nació la dictadura somocista y solo hemos tenido un intérvalo de 16 años de vida democrática que vimos a través de una hendija. Fueron tres gobiernos democráticos que ni disfrutamos plenamente porque cuando Ortega entregó el poder a doña Violeta Barrios de Chamorro en 1990 amenazó con gobernar desde abajo y lo hizo instrumentalizando a los sindicatos, estudiantes y transportistas. Ningún gobierno democrático gobernó en paz. Ortega orquestó asonadas y huelgas. Por eso yo le pido a Dios que me cumpla el deseo de ser un fotógrafo de paz, de tener una Nicaragua en total paz y democracia. Quiero hacer unas imágenes distintas a las postales dolorosas que en Nicaragua se han vivido por 90 años.

Y en este intérvalo de democracia, de 16 años, qué tipo de fotos captaste, ¿de violencia y sangre, también? 

En todo ese tiempo, aún en democracia, hubo muertos durante las protestas sindicales que Ortega instrumentalizó. Lo peor es que quienes morían eran los más humildes, la gente de abajo. Ortega ha echado a pelear a los nicaragüenses. No hay fotos de paz en esa época. Me tocó cubrir las muertes de estudiantes durante las protestas por el 6% constitucional y de transportistas y policías. Fue un momento doloroso. 

¿No te parece fuerte tener una carrera como fotógrafo marcada por la violencia y la muerte? 

He sido absorbido por la violencia de mi país. 

Los fotógrafos estuvieron en la primera línea durante las protestas de 2018. Recuerdo al fotógrafo Uriel Molina ser golpeado por una decena de turbas en los patios de la Catedral de Managua. En tu caso ¿cuál fue el momento en el que sentiste que tu vida corría peligro? 

Desde que yo salía a la calle iba con el “Padre Nuestro” en los labios porque sabía que podía ser mi última misión. Las balas no llevan nombre y apellidos y el periodista gráfico se expuso más por lograr una imagen. Siempre tuve claro que podía ser un número en las estadísticas de muerte. El problema de los periodistas es cuando nos convertimos en la noticia. A mi me golpeó la Policía Orteguista el 12 de diciembre de 2018. Varios agentes me botaron al suelo y me golpearon, pero yo con una mano capeaba los golpes y con la otra seguía tomando fotos. Después de la golpiza, me levanté y seguí haciendo fotos. En otra ocasión, un paramilitar me puso una pistola nueve milímetros en la cabeza.

En Nicaragua, los periodistas nos enfrentamos en 2018 a imágenes muy fuertes que te marcan de por vida. De las actividades que cubriste, ¿cuál te afectó emocionalmente? 

Tengo más de 40 años de experiencia y el dolor me ha marcado, pero con el tiempo te sensibilizás y cada pérdida humana se convierte en un dolor más que cargás. Eran postales que hacía con dolor. Las actividades que me marcaron fueron los funerales de las víctimas de la represión. Eso fue lo más doloroso. El ataque a las víctimas inocentes del barrio Carlos Max me hizo llorar. No me pude contener al ver a los menores de edad que fueron quemados vivos por las fuerzas represivas de la dictadura.

Vos sos un periodista de guerra, viviste los años más oscuros de la guerra. Yo no he vivido en carne propia una, pero para mí lo de 2018 fue lo más parecido, ¿creés lo mismo?

Claro. Fueron dos escenarios distintos pero con el mismo propósito: dolor, muerte, pérdida, exilio. Para los 80 hubo muchos opositores que vivieron lo mismo, los escenarios se repiten. La guerra de los 80 fue entre dos ejércitos, pero en 2018 fue una guerra de un bando armado contra un pueblo indefenso. 

Los periodistas de La Prensa tuvieron que salir del país después de una cobertura a la expulsión de las hermanas de la Orden Madre Teresa de Calcuta, en la que estuviste, ¿no? 

¡Qué barbaridad! Fue un día funesto. El problema que tenemos los periodistas es que estamos acostumbrados al peligro y siempre pecamos de exceso de confianza. Pensé que ese día era una cobertura más y que no iba a molestar a los señores de El Carmen [la residencia oficial de los dictadores en Managua]. En la tarde de ese día ya habían arrestado al conductor del vehículo de la misión y luego allanaron la casa de los periodistas. Esa cobertura motivó una cacería de brujas contra todos los periodistas independientes lo que nos llevó al exilio.

¿Y vos dónde estabas ese 6 de julio? 

Esa noche, a las 7:30, estaba editando en mi casa. Me gusta editar de tarde por los calores de Managua. A esa hora recibí una llamada de mi jefe ordenándome irme porque ya andaban allanando las casas del equipo. “Tomá lo que podás y andate”, me dijo. No se me va a olvidar ese día. No te da tiempo ni de pensar. Tomé una mochila, metí un cepillo, una pasta dental, dos interiores, dos pares de calcetines, dos camisetas, mis discos duros y tomé un taxi. Cuando voy en el taxi me llama el esposo de la periodista de la cobertura de ese día para decirme que ya estaba la Policía en su casa. En ese momento, buscamos una casa de seguridad tras activar un protocolo. En la madrugada del jueves 7 de julio, recibo una llamada de mi sobrina diciéndome que la Policía ya había llegado a la casa. Golpearon los portones de la casa con las armas AK47, los perritos de la casa se alteraron, mi mamá entró en un shock nervioso por lo que perdió la memoria dos ocasiones. Se me llevaron todo, la mayoría de los archivos históricos de mi trabajo.

¿Cuántos discos duros te llevaste?

Solo pude rescatar cuatro discos duros. Estaba respaldando todo mi trabajo. Había comprado 600 dólares en discos duros de seis terabytes a los que quería pasar el archivo digital en DVD. 

¿Qué imágenes tenías en el archivo de los DVD?

Imágenes de la guerra de los 80. Era material de cuando trabajé en los diarios Barricada, La Tribuna y las agencias  Reuters y AFP. Casi todo mi trabajo se lo llevaron. Se me fue la mitad de mi trabajo en estos 40 años. 

¿Y cómo fue tu salida de Nicaragua?

Después de la llamada de mi sobrina, me percaté que no podía estar en la casa de seguridad adonde había llegado. Pasé a un plan B que era moverme a otra casa de seguridad. Me transporté de polo a polo en la madrugada. Me sentí un delincuente. “¿Pero por qué si soy un periodista?”, me recriminé.  En ese lapso de atravesar toda Managua no pude dormir ni comer. Amaneció el jueves, vino el viernes y se procedió  a una operación de extracción para sacarme. Me puse en contacto con mi gente y me dieron las indicaciones para dejar Nicaragua. Me desplacé de noche al centro del país y en la madrugada del sábado me movilicé a la frontera con Costa Rica. A las 10 de la mañana del sábado 9 de julio, ya estaba entrando a Costa Rica. Fue una alegría porque me vine con dos amigos más, que son colegas también, y los quiero como hermanos.

¿Qué hicieron al sentirse seguros en suelo tico?

Nos abrazamos y reímos. Hasta ese momento pudimos sacarnos una sonrisa. Nos habíamos encontrado un día antes en otro punto para luego viajar juntos. Eso fue triste y doloroso. Yo conservo las botas, la mochila, la gorra, la camiseta y el jeans con los que crucé la frontera porque con esa misma mudada me quiero regresar a Nicaragua. Tengo esas prendas como un museo porque significa mucho para mí, porque fue el paso a la libertad. 

¿Fue extenuante el cruce? Si me decís que viajaste por el centro del país debiste cruzar el río San Juan…

Fue un recorrido durante la noche y la madrugada por tierra hasta llegar al lugar donde nos iban a esperar. Cruzamos unos fangales y unos potreros, y lo más triste es que me olvidé de que era fotógrafo. Venía con un nudo en la garganta — porque estaba abandonando mi país —, y una mochila llena de sueños y de dudas. Cuando íbamos caminando, éramos cuatro, venía una fila de unos 300 venezolanos buscando el norte de Costa Rica. Íbamos en la misma situación, pero unos al sur y otros al norte. Me acuerdo que me dice mi colega “hagamos fotos” y le dije: “No tengo ganas de nada”. No tenía humor. Crucé por el río San Juan, ahí había unos 500 venezolanos tratando de cruzar también en sentido inverso. De ahí nos fuimos en bestia como dos horas atravesando unos 10 kilómetros. La travesía duró unas cinco horas.

En estos seis años hemos visto cómo el país ha quedado sin periodistas, sin fotógrafos, en tu caso seguís haciendo periodismo y de una forma muy activa, ¿no te has planteado dejar el oficio por una cuestión familiar?

Si Dios me dio esta virtud, que Dios me la quite. Hasta que Dios me lo permita seguiré siendo fotoperiodista, esto es lo que me mueve, lo que anhelo. Las dos cosas que más amo en la vida son mi familia y el fotoperiodismo. Intenté dejar el fotoperiodismo hace 11 años yéndome a Estados Unidos. Viví y trabajé allá, pero lo mío es el fotoperiodismo, así que regresé a hacer fotoperiodismo. 

¿Cómo llevás el exilio en Costa Rica, cómo afrontás esa nostalgia por Nicaragua, por tu familia misma?

En Costa Rica me ha tocado estar con costarricenses muy buena gente. Todos los días me levanto pensando en el día que me tocará despertar en mi patria, añorando ese cafecito nicaragüense, es cuajada con tortilla, ese gallopinto. Trato de llevar esa vida culinaria, al menos. A dos años, el duelo es difícil que se vaya. Mucha gente dice que se pasa en el primer año, pero es mentira. El que ama a su país vivirá con ese duelo en el alma. No lo he superado, pero no he perdido ni la fe ni la esperanza de que voy a volver a mi país.

Hace poco viajaste al río San Juan, en la frontera con Nicaragua, ¿qué sentiste al navegar por las aguas de ese río que tanto patriotismo nos despierta?

Me sentía como un bebé en el vientre de su madre y que el cordón umbilical que me oxigenaba era el río San Juan. Cuando puse las manos sobre el río, fue doloroso, se me salieron las lágrimas. Sentí que estaba en mi tierra nuevamente y me invadió de felicidad el alma.

¿Cómo llegaste a convertirte en un fotógrafo de guerra tan joven, a los 17 años, no? 

Yo llegué al diario  Barricada a los 15 años, a los 17 años me fui al Servicio Militar Obligatorio y como era fotógrafo me ofrecieron trabajar con la Unidad de Medios Audiovisuales del Ejército Popular Sandinista. Me quedé trabajando desde los 17 años hasta los 90 cuando tenía 21 años. Cinco años cubrí una guerra.

¿Y cómo es una guerra? Sé que caminabas todos los días por las montañas de Nicaragua, estuviste a punto de morir dos veces, ¿cómo hacías para resistir?

Era igual que un soldado. Andaba igual cargando mi fusil, mi arma de reglamento, mis provisiones. Viví lo que vivía un soldado, solo que a la hora de un combate en vez de volar balas volaba fotos. Para entonces era un chavalo y tenía adrenalina de sobra. 

En una entrevista decías que la guerra te deshumaniza... 

La guerra me impactó los primeros días, pero después te vas curtiendo. La guerra te vuelve perro. Yo miraba muertos como mirar las flores. Cuando la guerra ya estaba llegando a su fin, yo me sentía cansado. No quería saber más de guerra, de muerte. La llegada de doña Violeta al poder nos dio un respiro a los que estábamos viviendo la guerra. Llegó un momento en el que creí que la guerra nunca iba a terminar. Afortunadamente, se abrió un proceso democrático. Cuando baja la violencia de la guerra, vuelve la violencia producto de las asonadas del Frente Sandinista. Yo no recibí atención psicológica por la guerra.

¿Y eso cómo afectó en tu vida cotidiana?

Me vi tropezado en los excesos, mujeres, fiestas, drogas, alcohol. Yo pensé que me quedaría alcohólico. Al final, salí del alcoholismo y maduré con el tiempo. Todas las personas que van a una guerra deben tener ayuda psicológica porque de lo contrario el tiempo pasa factura. Una psicóloga en los 90 me ayudó bastante. 

En algún momento vos contaste que parecías una aspiradora consumiendo cocaína, ¿cómo se sale de un proceso tan difícil?

El proceso emocional me ayudó al igual que la ayuda psicológica. Producto de la adicción me separé de mi primera esposa, tenía tres hijos pero de repente me veo solo. Estaba cargando el lastre de depresión y violencia y me sumergí en el alcohol y las drogas. Nunca pensé en el suicidio, pero sentía que para combatir ese flagelo tenía que buscar las drogas. Consumía tanta coca que no podía conciliar el sueño, por eso tenía que fumarme dos o tres porros de marihuana. Cambié hasta que me reencontré con una exnovia y retomamos el noviazgo que se había estancado en los años 80. A ella le oculté mis vicios, pero mi vida cambió cuando me dijo que estaba embarazada. Esa fue una de las mejores noticias de mi vida. Nació mi hija Suyén y eso me cambió el mundo. Siempre he sido muy católico y le pedía a Dios una señal. Y esa señal fue el embarazo de mi esposa. Mi hija fue la que me rescató. 

¿Vos querías que siguiera Ortega en 1990 o apostaste por una transición con doña Violeta?

Yo quería que se abriera un proceso de paz. La revolución fue un fracaso desde que llegó al poder. Ese proyecto de nación en el que creímos, incluso yo desde niño, fue un fracaso. ¿Quién va a querer que sus hijos se vayan a una guerra que no es suya? Era una guerra para que permanecieran en el poder un grupo de personas.

¿A esa reflexión llegaste ya al final del proceso revolucionario o después que el Frente perdió el poder? 

Ya al final del proceso cuando te digo que ya estaba cansado. La revolución era un cascarón. En 1990 el Frente Sandinista como partido desapareció, pero fue el inicio del orteguismo. 

Navarrete, en las entrevistas que has dado mencionás una operación en concreto, la Operación Danto de marzo de 1988, ¿por qué está imborrable en tu mente?

En ese operativo, el gobierno sandinista no escatimó en golpear fuerte a la Contra. Fue de gran envergadura como nunca en la historia del Ejército Popular Sandinista. Fue una guerra como la de 2018: fuerte, planificada. El escenario de ese día de guerra fue horrible. 

¿Cómo describirías “horrible”?

Después de caminar unos cuatro días, llegamos a la zona de combate en el Norte de Nicaragua. Hubo combates que empezaron a las 11 de la mañana y terminaron a las seis de la tarde. Cuando entramos a territorio hondureño, los contra comenzaron a minar todo el terreno para evitar que el Ejército pasara. Esa fue la parte más atroz porque los cachorros pisaban minas. Me impactó ver mutilaciones, trozos de carne colgar de los cuerpos… En mera guerra, se improvisó un hospital, colgaron sueros en las ramas, pusieron plástico negro. Fue una escena apocalíptica. Otra de las cosas que vi fue una pila de cachorros [soldados] metidos en ataúdes para mandarlos a sus respectivos departamentos. Me pregunté: ¿qué van a pensar esas madres? Esas escenas eran iguales a las películas de guerra que vemos en el cine. 

Después que dejaste la oficina audiovisual del Ejército fuiste a buscar empleo a La Prensa, pero te rechazaron, ¿cómo hiciste para que te emplearan? 

Yo leí un anuncio de La Prensa, en mayo de 1990, que estaban buscando un laboratorista fotográfico. Me consideraba buen fotógrafo y buen laboratorista. Fui a La Prensa y llevé mi portafolio, pero me dicen: “Aquí solo tenés fotos de guerra”. Me rechazaron porque tenía 21 años y supuestamente el requisito era tener 25 años. Salí frustrado. Luego me contrataron en Barricada, y ahí me fui a fundar los periódicos La Tribuna, el semanario Tiempos del Mundo, y el diario HOY. Fue por el periódico HOY (Grupo Editorial La Prensa) en 2003 que me quedé en La Prensa. Desde 2009, me quedé oficialmente con el diario La Prensa y así poco a poco me fui quedando en Domingo y Magazine (las revistas de periodismo narrativo de La Prensa).

Has cubierto los últimos 40 años de la historia de Nicaragua, lamentablemente hechos dolorosos todos. ¿Qué te gustaría retratar de otra Nicaragua?

Yo amo tanto mi país que estoy en deuda con su cultura. Quisiera publicar un libro sobre las festividades de Santo Domingo de Guzmán. Yo año con año iba a las procesiones y las vengo fotografiando a conciencia desde finales de los 90. Tengo tres años de no ir a Santo Domingo y eso me duele en el alma porque me gustan tanto como las de San Sebastián, en Diriamba. También me gustaría hacer un libro sobre los indígenas de Nicaragua. Quería irme a vivir a comunidades indígenas para conocer su estilo de vida. Me gustaría ser un fotógrafo en tiempo de paz, un fotógrafo que se mueva libremente. Quiero dejar un legado cultural e histórico.

¿Te suena esto que te voy a decir?: “Navax, tenés fotos de la llegada de Cristóbal Colón a Nicaragua?”

¡Hala! 

Te lo pregunto porque algunos periodistas recuerdan esa expresión que te hacían en La Prensa en modo de chiste...

[Risas] Te voy a contar. Una vez estábamos en una reunión de trabajo y un periodista propuso un tema sobre el héroe nacional José Dolores Estrada y yo dije que tenía fotos de su entierro. Entonces, el periodista me dice: “¡A la gran puta, ¿cómo tenés fotos de eso? ¿Y de Cristóbal Colón no tenés?” Realmente yo hice las fotos del entierro una vez que estaba pasando sus cenizas por una vía de Managua. Por eso es que me hacen ese chiste porque dicen que tengo fotos de todo. 

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*El nombre del jefe que realizó la llamada al igual que las ciudades donde hay casas de resguardo en Nicaragua fue omitido por razones de seguridad. Esta entrevista fue publicada originalmente por el autor en su blog josedeniscruz.com.

 

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